domingo, 11 de noviembre de 2018


REFLEXIONES SOBRE LA INTRIGA NOVELÍSTICA EN LA ERA DIGITAL

(Esta es una versión aligerada -sin notas ni bibliografía- de un trabajo de reciente aparición incluido en el volumen: María Victoria Utrera Torremocha, coord., Pensamiento, ficción e intriga literaria en la narrativa contemporánea. Sevilla, Universidad de Sevilla, 2018, pp. 133-152).

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Admitámoslo: a fecha de hoy, quizás la intriga más importante de todas las nuevas ficciones que circulan por la cultura global, la que más seguidores tiene pendientes en todo el mundo, es la que se centra en saber qué pasará con los Siete Reinos de Poniente, es decir, si realmente la casa Targaryen derrotará a la casa Lannister y la Khaleesi se unirá con el siempre milagroso y afortunado Jon Snow. Me estoy refiriendo, naturalmente, a Juego de tronos, la famosa serie de televisión basada en la serie de novelas de George R. R. Martin que se ha convertido en un fenómeno mundial amparado por los medios de comunicación de masas y las nuevas tecnologías, y que suele terminar cada temporada con una reducción implacable de personajes y con la creación de nuevas incertidumbres a partir de situaciones a medio camino entre lo fantástico y lo sangriento.
Hablo de términos cuantitativos y no cualitativos, porque se trata de un producto cultural de impacto global que empequeñece, en costes de producción y beneficios mercantiles, a cualquier best-seller literario y no digamos a la literatura con pretensiones de exigencia estética. Las magnitudes estructurales de estas series de televisión, además, están creando una amplificación de lo que entendemos por intriga, puesto que la complejidad técnica de este tipo de producto obliga a esperar prácticamente un año para conocer el desenlace, o para seguir postergándolo, lo cual todavía es más jugoso en términos económicos. A ello hay que añadir que la propia naturaleza comercial de las nuevas teleseries tiene otras consecuencias menos decorosas, puesto que la dependencia de los niveles de audiencia puede perfectamente provocar que muchas se cancelen después de una o dos temporadas dejando sin concluir la mayor parte de sus tramas y sin resolver los enigmas iniciales con los que se captó astutamente la atención del espectador. Ejemplos de esa situación hay muchos y no voy a detallarlos porque me alejaría del tema que aquí realmente me ocupa, que no es otro que los dilemas que la intriga novelesca tiene planteados en la situación actual, dilemas que las nuevas tecnologías y los cambios en el mercado cultural han provocado y están provocando de forma acelerada y muchas veces imprevisible. En otras palabras: se podría decir que hoy existe lo que llamaríamos una “presión intermedial”, especialmente en la creación de intriga y suspense, que quizá obligue a algún tipo de replanteamiento de los aspectos técnicos del arte de novelar y también cambie algunos mecanismos de recepción lectora o el mismo horizonte de expectativas.
Desde luego, no me interesa contribuir a la dignificación de Juego de tronos, ante todo porque para eso ya hay miles de fanáticos exhaustivos y minuciosos en sus análisis y en sus homenajes muy a menudo fetichistas. Pero, como demuestra el caso de Vargas Llosa, hay que ser prudente a la hora de criticar la “civilización del espectáculo”, porque nunca se sabe cuándo vas a acabar en la portada de las revistas del corazón. Creo por eso que incluso desde los propios estudios literarios hay que prestar una cierta atención a la popularización de conceptos y términos que influyen hoy en el consumo de ficciones, sean literarias o audiovisuales, sin que esa atención suponga una vergonzosa claudicación ante formas culturales de consumo masivo. Hablo de términos casi siempre en inglés, como cliffhanger, mcguffin y spoiler. Independientemente de la alienación puramente lingüística, la extensión creciente de los términos, sobre todo el último, revela la generalización de prioridades lectoras indisolublemente vinculadas con las nuevas tecnologías de la sociedad del ocio, pero también con la lógica economicista de nuestro tiempo y con sus prácticas, cada vez más expandidas y penetrantes. Podríamos pensar que la autonomía literaria se mantiene indemne frente a esos cambios, pero me da la impresión de que eso es ya más un desiderátum que una certeza.

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No cabe duda de que la ficción televisiva está perdiendo su estigma subcultural hasta el punto de que incluso el filósofo Slavoj Zizek se ha tomado la molestia de analizar una serie como The Wire. De hecho, la gran capacidad narrativa de las series seduce cada vez más a muchos creadores de novelas, aunque a otros más bien les preocupa, probablemente porque les está arrebatando lectores. No es nada extraño leer en diversos medios comentarios y opiniones en las que se ensalza, con más o menos argumentos, la vitalidad narrativa de las series actuales de televisión y se postula su capacidad sustitutiva frente a cierta tradición novelística caracterizada por la ambición y el poder abarcador, que ahora estaría en decadencia, entre otras cosas por el exceso de referencialidad y el déficit de imaginación, que conduce a “relatos reales”, autoficciones y mezclas de literatura y periodismo.
El tema de la intermedialidad está generando, como era de prever, un creciente debate crítico en los estudios literarios y es ya más importante de lo que puede parecer a primera vista, sobre todo si pensamos en la reciente polémica sobre el premio Nobel a Bob Dylan, noticia que ha implicado un reajuste muy visible e intencionado del concepto de literatura que a algunos les parece herético pero que inevitablemente abre nuevas posibilidades difíciles de predecir. No faltan quienes como Alberto Olmos ya auguran un premio Nobel de literatura para los guionistas de The Wire.
En ese sentido, habría que señalar que las posibilidades de artificiosidad narrativa de las series, con intrigas más audaces, imaginativas y sobre todo prolongadas, podrían desbordar algunos de los actuales modelos novelísticos, situándose ahora en una posición dominante, entre otras cosas por la gran cantidad de recursos económicos que generan. En esa situación, los novelistas tienen ante sí un amplio espectro de opciones: desde el encastillamiento desdeñoso y elitista hasta la hibridación con vistas a fecundar nuevos modelos. Podría suceder que, de la misma manera que géneros como el policiaco o nuevas técnicas como el cine han interferido en la evolución de la novela “culta” del siglo XX de diversas formas y en diversos momentos, ahora sea el turno de otro tipo de modelos ficcionales. De hecho, hay que reconocer que la novela policiaca sí goza todavía hoy de evidente buena salud editorial, por lo que podríamos poner en relación este dato con el anterior y de ahí empezaríamos a deducir que en el consumo cultural de la sociedad del entretenimiento la intriga es un recurso privilegiado en el repertorio de opciones creativas, lo que, por ejemplo, puede acabar perjudicando los conceptos más filosóficos o reflexivos de la creación novelística, en franca regresión ante la presión del libre mercado y las nuevas expectativas ideológicas, que han condenado a la obsolescencia muchas teorías del siglo XX sobre la novela como género.
Es un panorama evidentemente conjetural y admito que me puedo perder en vaguedades, pero algunos indicios –en España, por ejemplo– me parecen reveladores de una situación de cambio. Hace décadas sólo algunos pocos como Manuel Vázquez Montalbán, tan respetuoso y tierno siempre con la cultura popular, se ocupaba en El libro gris de Televisión Española de la importancia de los nuevos mass-media y tomaba nota de un primer producto culto de la ficción televisiva, la olvidada pero fascinante serie El prisionero, creada por Patrick McGoohan a finales de los sesenta. Hoy, en cambio, Mercedes Cebrián escribe sobre Verano azul y Javier Pérez Andújar sobre Colombo, y asimismo en la llamada Generación Nocilla y sus aledaños el interés por las series de televisión es bastante notorio, hasta el caso de novelistas y también críticos de televisión como Jorge Carrión o Vicente Luis Mora, a quien debemos algunos de los más lúcidos análisis del tema. La narrativa española está produciendo textos con diversos grados de intermedialidad que ya están siendo analizados por la crítica especializada, como la novela Brilla, mar del Edén, de Andrés Ibáñez, una relectura de la teleserie Lost.
En realidad, no es nada sorprendente: se trata de escritores que reconstruyen su educación sentimental como en otras generaciones sucedió y que por ello asimilan literariamente los repertorios simbólicos de la cultura que les ha tocado vivir. Quizá lo más interesante sea en todo caso la reacción de escritores más canonizados como Javier Marías, que han adoptado una cierta posición defensiva frente al creciente poder de las teleseries y no han dudado en menospreciar en sus artículos el valor de algunas de las joyas de HBO, como son The Wire y True Detective.
Seguramente hay sitio suficiente en el panorama cultural para novelas y series de televisión, como la hay para blogs, tuits y todo tipo de expresiones digitales, pero también podríamos preguntarnos si la creciente cultura del spoiler, es decir, la fascinación actual por el placer narrativo del enigma y la intriga como consumo inmediato y no repetible, puede estar contribuyendo a la pérdida quizás definitiva de autonomía de la literatura y su inclusión en la heterodoxa estructura de la sociedad del ocio, o incluso, si nos ponemos más apocalípticos, a su agotamiento como lenguaje. Sí, la oferta novelística sigue siendo abundantísima, se escribe y se publica más que nunca, y no parece que tenga sentido volver a insistir en la cíclica certificación de la muerte de la novela. Pero esa hipertrofia de creatividad, que ya está desbordando a críticos e instituciones literarias, está siendo sometida cada vez más a reglas de competencia capitalista que tienden a seleccionar y promocionar los productos más fácilmente consumibles y por tanto sustituibles.
Como digo, el fenómeno me parece especialmente relevante en un país como España, cuyo sistema literario ha vivido desde la Transición un proceso evidente de industrialización basado en un nuevo pacto entre autores, editores y lectores para generar un alto consumo; un pacto en el que la mercadotecnia ha aprovechado eficazmente determinadas técnicas y modelos narrativos, lo que ha supuesto una amplia lista de éxitos comerciales que van desde Arturo Pérez-Reverte y Javier Cercas a Matilde Asensi o Ildefono Falcones, por poner ejemplos diversos. La política de concentración empresarial y los oligopolios editoriales generados han fomentado, con la complicidad de una crítica literaria dócil, el triunfo paulatino de una literatura despolitizada y desproblematizada en la que los recursos narrativos más comerciales han funcionado como efectivo reclamo. Un caso especial sería el de la novela policiaca con casos como los de Alicia Giménez-Bartlett o Lorenzo Silva, aunque también habría que recordar la aproximación particular a ese género llevada a cabo por uno de los autores que mejor ha fusionado consumo y valor estético, como es Eduardo Mendoza. Por ese motivo, en pocos países como en España ha sido más claro el acercamiento entre el polo comercial y el polo estético para dar lugar a lo que algunos llaman, con acierto, “literatura de aeropuerto”, que en este país tiene una posición que podemos calificar de hegemónica.
Visto así, se abrirían ahora dos posibilidades hasta cierto punto paradójicas: por un lado, esta evidencia supondría el triunfo de la adaptación de la novela a las condiciones cada vez más absorbentes del mercado y de la búsqueda afanosa de público lector, pero, por otro lado, supondría el riesgo de que precisamente en este momento en el que la “alta” literatura –tomemos el concepto cautelarmente– es más comercial, sea suplantada o destronada como forma hegemónica de contar historias por la ficción televisiva –como ha intuido, entre otros, Juan Francisco Ferré–, lo que la dejaría en una nueva intemperie ante la cual no está clara la salida, ni siquiera en términos de lo que sería el medio físico, ante la creciente importancia de internet y los smartphones.
De cualquier modo, me parece que una comprensión de ese problema actual exige profundizar en la evolución histórica tanto de las técnicas novelísticas como de la relación del novelista con el mercado editorial y los lectores. Sería interesante reinterpretar, por ejemplo, qué ha significado históricamente un recurso como la intriga para la literatura en lengua española (entendida esa literatura como un mercado compartido, como es ahora y fue en varias ocasiones a lo largo del siglo XX); más exactamente, cuál ha sido la función de la intriga como procedimiento narrativo a lo largo del tiempo. Tal vez esa relectura nos ayude a diagnosticar mejor la función que tiene actualmente y a plantear, si realmente es lo que queremos, una toma de posición para el futuro frente a esa “presión intermedial”: ¿es posible y sobre todo deseable hoy una resistencia literaria que no quede convertida en producto minoritario y elitista? ¿Es posible, en la sociedad digital, tan veloz y estresante, preservar la complejidad estética y alcanzar y mantener a la vez un amplio rango de lectores? El asunto no es, desde luego, fácil, y puede ser la encrucijada literaria de nuestro tiempo.

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Por supuesto, podríamos remontarnos al Quijote y al famoso inicio del capítulo IX de la primera parte, e incluso podríamos ir mucho más allá y recordar, como hace García Márquez, que Edipo rey es la primera historia policiaca, pero creo que sería más adecuado acotar el tema al siglo XX y a lo que podríamos llamar la modernidad narrativa en lengua española. Si el cuento a la manera de Edgar Allan Poe ya entra en la literatura en lengua española con los primeros trabajos modernistas de Horacio Quiroga, mucho más importante será la entrada de la literatura fantástica y la policiaca por la vía argentina en la década de los cuarenta. Me refiero, naturalmente, a la importancia crucial de Jorge Luis Borges, con sus textos críticos sobre el género policial, con sus propios experimentos narrativos en solitario o en compañía de Adolfo Bioy Casares y también con su labor editorial en la colección “El séptimo círculo”. No quiero abundar en temas sobradamente conocidos, pero no me parece viable plantear la diacronía del problema sin prestar el debido respeto al modo en el que Borges, y en menor medida Bioy Casares y aun José Bianco introdujeron nuevos modelos narrativos, con lo que ello significaba de afrenta a la doxa regionalista de raíz decimonónica que aún imperaba en la narrativa latinoamericana.
El camino abierto por Borges en su defensa del género policiaco abrió una tradición argentina del tema muy fructífera como sabemos, pero también anticipó la disolución de la frontera entre “alta” y “baja” literatura que después se consolidaría con la aceptación progresiva de la dignidad de la literatura policiaca. Como sabemos, en España correspondió ese trabajo a Manuel Vázquez Montalbán, aunque haya que reconocer los méritos de otros escritores del género, como el muy popular Francisco González Ledesma y el que quizá sea el pionero olvidado, Mario Lacruz, con su novela El inocente.
Ciertamente, poco tiene que ver la práctica del género que lleva a cabo Borges con la de Vázquez Montalbán. Si Borges prioriza el juego intelectual, Vázquez Montalbán y tantos otros después de él incluyen una dimensión de crítica y análisis de la realidad política, que en España fue especialmente oportuna en el gran cambio histórico de la llegada de la democracia. Esas diferencias evidentes, en realidad, no harían más que reforzar la versatilidad del género policiaco y sus diversas funciones a lo largo de la historia literaria, pero, más allá de lo que supuso como introducción de una tradición básicamente anglosajona, la posición de Borges tiene más implicaciones desde el punto de vista de la evolución de la narrativa en lengua española.
Emir Rodríguez Monegal ya destacó hace mucho la importancia del prólogo a La invención de Morel, de 1940, como manifiesto implícito de una narrativa antirrealista basada más en el artificio novelesco que en el valor de la mímesis. Borges defendía ahí la autonomía de la literatura frente a la pretensión de utilizarla como transcripción de la realidad, y desdeñaba los ideales de la novela realista o psicológica, que él consideraba carentes de rigor e informes. La novela de Bioy Casares, en concreto, desplegaba una “odisea de prodigios” y confirmaba que la novela del siglo XX tiene, frente a la del XIX, más capacidad para crear argumentos atractivos sin necesidad de caer en la presión del realismo, tan decisivo desde las ficciones fundacionales latinoamericanas decimonónicas, por su fuerza representativa y constructora de identidades nacionales.
Borges hablaba de los relatos policiales, fantásticos o de aventuras como “ejercicios de imaginación razonada”, marcados por el rigor técnico, lo que suponía, claro, el enaltecimiento de géneros menos centrales en la tradición literaria hispánica. Pero la defensa del artificio literario frente a la ingenuidad de la mímesis no es en absoluto una propuesta trivial o frívola, como algunos le reprocharon a Borges, por ejemplo Ernesto Sabato, que veía en las abstracciones policiales borgianas poco más que una literatura evasionista. La preocupación por el rigor técnico en Borges tiene también una justificación epistemológica, puesto que la autonomía de la literatura conduce finalmente al triunfo total de la ficcionalidad, lo que ha tenido importantes consecuencias incluso filosóficas. Pero además no podemos desligar la crítica al paradigma realista de la operación global que la narrativa latinoamericana lleva a cabo desde los años cuarenta y en la que se adelanta sustancialmente a la española. Esa crítica al realismo conduce a la desconfianza ontológica y por tanto a la visión problemática de la realidad. No debe extrañarnos, por tanto, que la asimilación de que la realidad del mundo moderno es misteriosa (o contradictoria, como en los casos magicorrealistas) produzca un aumento cuantitativo de misterios en la narrativa, sin que ello suponga en absoluto una concesión popularista o comercial. La clave está en la problematización, es decir, en comprender cómo la técnica narrativa es una solución formal a un ejercicio crítico, lo que evidentemente está lejos de ser una simple –aunque perfectamente respetable– estrategia mercantil a la manera de la literatura más claramente de género.
Es más: a partir de Borges, aunque no sólo por su influencia, diversas formas de intriga y enigma entran a formar parte del repertorio de opciones de una narrativa culta latinoamericana cada vez más tecnificada, que, lejos de trivializarse, se convertirá en narrativa canónica y máximo orgullo de la cultura continental. El desprestigio de la vieja omnisciencia realista abrió el camino a diversas formas de experimentación narrativa sobre el control de la información del narrador, las perspectivas o el orden temporal del relato. Me parece muy importante insistir en la función histórica de esas determinadas formas de intriga que, ciertamente, obtuvieron el respaldo del mercado en los años sesenta, pero que siempre fueron consideradas como parte de un proceso de modernización técnica, es decir, como una forma de progreso: en otras palabras, América Latina tenía una economía y una política subdesarrolladas pero una literatura desarrollada. Este desajuste entre progreso económico y progreso literario es esencial, y me parece una correlación muy distinta a la que ha tenido lugar en España, donde no está del todo claro –o es muy discutible, al menos– si al progreso económico le ha correspondido un progreso literario.
Lo cierto es que la revolución técnica que tiene lugar a mediados del siglo XX en la narrativa de lengua española, heredada en buena medida de los autores del modernism, creó intrigas sorprendentes y nuevas fórmulas narrativas que no provocaron únicamente suspense, sino incertidumbre, que es algo más significativo y valioso. Recordemos por ejemplo el caso de Rulfo en Pedro Páramo: la obra ha sido considerada a menudo como una novela de fantasmas, pero habría que insistir en que está plagada de misterios narrativos gracias al brillante uso de la elipsis (es decir, al control de la información narrativa que en ocasiones podría llegar a la paralipsis) y a la laberíntica estructura temporal, con sus conocidas anacronías. Nadie diría que es una novela comercial o pensada para el consumo masivo, y sin embargo recurre de manera casi permanente al misterio o al enigma, hasta el punto de que incluso muchos hechos narrados son confusos o ambiguos. Nada que ver, por tanto, con la literatura de aeropuerto de hoy.
No será este el único ejemplo que rápidamente podríamos encontrar para recordar determinadas estructuras que fomentan la intriga en el lector y que se basan en técnicas de ocultamiento de información narrativa que funcionaron a la vez muy bien en términos estéticos y comerciales. ¿Acaso no podríamos incluir aquí el caso del propio Ernesto Sabato en Sobre héroes y tumbas? Sí, Sabato critica más de una vez en sus ensayos la condición artificiosa del género policiaco, pero recordemos que inicia su segunda novela con una noticia preliminar que plantea el misterio del asesinato de Fernando Vidal y el posterior suicidio de Alejandra. Ya en El túnel, de hecho, había jugado con las convenciones del relato policiaco, desmontando desde los primeros capítulos el enigma sobre la víctima y sobre el asesino, y centrando de ese modo el misterio en las motivaciones turbias, neuróticas y algo sartreanas que llevan a Juan Pablo Castel a cometer el crimen. Evidentemente, Sabato es seguidor de otra posible línea policiaca que empezaría no con Poe sino con Dostoievski. En Sobre héroes y tumbas la intriga sobre la compleja relación incestuosa entre Fernando Vidal y su hija Alejandra funciona como misterio creciente que es esencial en el aprendizaje existencial del joven Martín del Castillo, con lo que el enigma criminal se incorpora al bildungsroman para crear una novela compleja con pretensiones filosóficas pero que, no hay que olvidarlo, tuvo un importante éxito de ventas.
Apenas dos años después, tenemos el caso de la primera novela de Vargas Llosa, La ciudad y los perros. El interés de Vargas Llosa por determinados géneros novelísticos como el de aventuras o el policiaco, desde Alejandro Dumas a Stieg Larsson, es bastante conocido y el novelista peruano lo ha confirmado a menudo, pero quizá valdría la pena insistir en que su primera novela está centrada en torno a un crimen en el microcosmos del Colegio Leoncio Prado: se trata del asesinato del Esclavo. Sin embargo, a pesar de que cualquier lector saca sus conclusiones detectivescas, el asesinato no queda plenamente esclarecido, porque una vez más la información narrativa es limitada o incluso obturada en ocasiones a través de la compleja operación estructural del discurso narrativo. Nuevamente, el ejercicio técnico de combinación de focalizaciones, lejos de proponer una visión objetiva y transparente de la realidad, apunta a una problematización previa de la misma, sólo que en este caso utiliza recursos de raíz faulkneriana y prescinde de la fantasía o de cualquier elemento mágico, a diferencia de Rulfo o Sabato.
Y aun podríamos completar este repaso rápido recordando otro ejemplo de virtuosismo narrativo en torno a un crimen, como es el muy conocido de García Márquez en Crónica de una muerte anunciada. En cualquier caso, se trata de ejemplos de una actitud muy concreta hacia la intriga, una actitud más epistemológica, diríamos, que encontró en la renovación técnica el utillaje perfecto para desautomatizar la percepción de la realidad y de paso romper con una tradición realista visiblemente agotada. En estos casos y en otros que seguro podríamos añadir se produce por tanto una dignificación estética de los mecanismos de intriga: el novelista capta la atención del lector con una serie de misterios –lo que evidentemente le sirve para obtener un público potencial más amplio–, pero la técnica está al servicio de una comprensión de la novela alejada del arte de entretenimiento y arraigada en las necesidades de renovación interna de la propia estética narrativa.
La posmodernidad, como sabemos, descentralizó muchas ideas canónicas sobre la literatura culta y hegemónica y favoreció, entre otras cosas, el prestigio creciente del género policiaco, por ejemplo, hasta llegar al llamado neopolicial de hoy. No desapareció, por supuesto, la literatura de gran complejidad, y ahí tendríamos a Bolaño entre otros muchos, pero me parece que cierta comprensión del enigma como forma y contenido al mismo tiempo sí se ha trivializado o asimilado por la fuerza del mercado, que ha atenuado la dimensión crítica y cuestionadora que la percepción del enigma podía tener para autores convencidos de que la novela es un oficio, sí, pero también una forma de crear una imagen novedosa del mundo. ¿Qué hacer en estos casos? La sociedad digital tal vez esté creando nuevos circuitos de comunicación literaria a través de la red, pero mientras tanto el poder voraz del mercado se agiganta. Algunos como Javier Marías potenciaron los primeros párrafos de algunas de sus novelas para tratar de captar la atención lectora y así retenerla para sus largas digresiones posteriores, pero no me parece que Marías represente en modo alguno ese tipo de novela que aquí defiendo (y lo hago con una carga de subjetividad que tampoco quiero ocultar), basado más bien en la capacidad de la intriga para desvelar progresivamente el pulso oculto de la realidad e introducir al lector en ese conocimiento nada fácil ni cómodo.
Debería haber otras opciones de usos legítimos de recursos como la intriga sin necesidad de rebajar el nivel de complejidad del texto narrativo para hacerlo más digerible y en última instancia consumible. Creo que esa receta sigue siendo válida hoy, desde mi modesta experiencia de novelista y profesor de escritura creativa, porque plantea una especie de utopía literaria, de equilibrio perfecto entre el interés lector y la fuerza crítica del texto. Por supuesto, estamos hablando de un modelo de novela que no ha de ser el único, y que, evidentemente, puede ser compatible con otros, pero me parece que al menos plantea la posibilidad de una literatura problematizada que no asuste al lector y al mismo tiempo no incurra ni en el exceso de hermetismo ni en el delirio pedante de la literatura intelectualoide pensada para consumo y disfrute sólo de los propios profesores. Ese modelo de novela con una moderada intriga sería, por tanto, una moral de la forma apta para sobrevivir en el mercado pero sin incurrir en las peores servidumbres que comporta el sistema literario actual. Ya sé que lo que planteo tiene mucho de ideal y algo de quimera, pero creo que uno de los problemas actuales del mundo novelístico particularmente en España está precisamente en la falta de poéticas del género que tengan además una cierta conciencia ideológica que les permita existir en el mercado (puesto que, al fin y al cabo, parece imposible estar fuera de él), pero conservando una actitud crítica, contestataria o polémica.
No tenemos suficiente perspectiva para juzgar la desbordante producción novelística actual, pero voy a intentar por lo menos ejemplificar mi idea con algún texto reciente. Podría recurrir a la novela de Rafael Reig Un árbol caído, que combina de forma eficiente la intriga con la lectura política sin necesidad de recurrir a detectives, pero optaré por una novela que es una de las más extraordinarias de la narrativa latinoamericana de lo que llevamos de siglo, y que sin embargo demuestra claramente tanto los riesgos como los méritos de una intriga que no sea estrictamente policial ni fantástica. Me refiero a la novela Grandes miradas (2003), del peruano Alonso Cueto.

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La novela de Cueto es una denuncia implacable de los abusos producidos en el Perú durante la dictadura de Alberto Fujimori y orquestados especialmente por su hombre fuerte, el macabro y despiadado Vladimiro Montesinos, que es verdaderamente el gran protagonista de la novela. Cueto, por tanto, trabaja con algunos personajes reales y otros ficticios, pero su obra es una extraordinaria descripción del funcionamiento del poder absoluto, en la mejor línea de su maestro y amigo Vargas Llosa y de tantos otros escritores latinoamericanos. La novela es dura, explícita en torturas y crímenes y en la presentación del horror que vivió el Perú durante la última década del siglo. Es, en muchos sentidos, esa novela política que en España ha escaseado durante la democracia, y no únicamente porque hayamos gozado, por suerte, de una democracia más estable y segura que la de la mayoría de los países del otro lado del océano.
Lo que me interesa especialmente de la novela es cómo la intriga se convierte en una estrategia para esa denuncia política. En el primer capítulo, el narrador explica cómo la protagonista, Gabriela Celaya, de la que tenemos una escasa información, pasa los diferentes controles de seguridad hasta estar en presencia del mismísimo Vladimiro Montesinos, con quien va a tener un encuentro privado e íntimo en el que piensa asesinarlo. El capítulo termina con la alusión a la posible arma asesina: “Baja el brazo. Siente el borde de la navaja”. Ahí tenemos un cliffhanger televisivo clarísimo, incluso facilón, podría decirse.
El siguiente capítulo inicia una larga anacronía y sitúa la acción cinco meses antes, para empezar a explicar el motivo que lleva a Gabriela a querer asesinar a Montesinos: el poderoso jefe de los servicios de inteligencia había ordenado el asesinato de la pareja de Gabriela, el juez Guido Pazos, que se había negado a ser cómplice de la intensísima corrupción del gobierno fujimorista. Junto a ese relato, libremente inspirado en hechos reales, conocemos detalles de la crueldad y la inmoralidad que dominaron en el Perú durante ese periodo. No sabremos el desenlace del intento de asesinato hasta el penúltimo capítulo de la novela, el vigesimosegundo, aunque en realidad en este caso el spoiler no es precisamente un problema, puesto que sabemos que Montesinos, para bien o para mal, sigue vivo hoy, cumpliendo condena.
En mi opinión, la intriga con la que empieza la novela es claramente lo peor de la misma: es una anticipación enfática, descaradísimamente pensada para captar la atención del lector, técnicamente simplista y que, además de esquemática, es esencialmente contradictoria, porque sabemos que Gabriela Celaya no puede matar a Montesinos, ante todo porque este no ha muerto en el mundo real y no es probable que Cueto se comporte como Quentin Tarantino en Malditos bastardos al asesinar a Adolf Hitler. Pero esa estrategia algo burda es sólo el anzuelo inicial y, por suerte, no el procedimiento dominante del texto: la demora al resolver el enigma le permite al novelista explorar la compleja realidad de los deseos y las necesidades humanas sin hacer más concesiones al suspense. La novela se compensa posteriormente con la enorme lucidez del análisis y el poder extraordinario de un estilo conciso que practica con mucha originalidad el sumario en términos de tiempo narrativo, pero que es al mismo tiempo capaz de profundizar en los abismos de la conciencia humana y sobre todo en lo universal del deseo de poder y dominio. En ese sentido, Grandes miradas es una novela curiosamente contradictoria, que revela la tentación del escritor actual de recurrir a una intriga muy evidente, que podría considerarse comercial, pero que al mismo muestra la capacidad de redención de ese mismo escritor, que una vez ha captado la atención del lector le ofrece un relato contundente, lleno de otros hallazgos estilísticos y de capacidad interpretativa de lo que es el plasma humano de una sociedad. Enfrentar a una sociedad a lo peor de sí misma no es tarea fácil, y parece moral y estéticamente perdonable, o sea, legítimo, recurrir a un pequeño truco narrativo para garantizar que ese proceso traumático se pone en marcha.
Es decir: aunque la intriga sea a veces un recurso previsible y hasta cierto punto precario, puede incluirse en un proyecto mayor de gran alcance crítico y ese es el mérito de Alonso Cueto, y el que me sirve como ejemplo más o menos actual de una forma específica de entender la novela que puede y debe sobrevivir. La novela así, quizá resista perfectamente la influencia de la voracidad consumista del mundo digital y mantenga indemne su capacidad inquietante y problematizadora. En tiempos de relativismo estético y numerocracia hedonista, de intermedialidad y transmedialidad, quizá esas son las pequeñas victorias que podemos obtener todavía frente al poderío visual y el desfile de actores y actrices atractivos con que nos inunda cada año Juego de tronos.

lunes, 29 de octubre de 2018


AÑO UNO

La revolución no llegó finalmente. No hubo Maidán, ni atrincheramiento entre las paredes del Parlament, ni incitación a las masas desde el balcón, ni prolongada huelga general. Ni siquiera hubo funcionarios que renunciaran a su jugoso sueldo desacatando el artículo 155 por motivos patrióticos. El farol político salió a la luz y el pulso terminó, aunque es verdad que el farol no se veía tan claro después de los atentados del 17 de agosto, momento crucial en el que por primera vez el independentismo hizo verosímil la existencia de una estructura de Estado resistente, autogestionable y preparada casi militarmente, y después del 1 de octubre, momento en que la gloriosa incompetencia del ministro Zoido condujo a que el Estado español hiciera aguas en Cataluña de un modo sin precedentes.
Hoy podemos incluso pensar con nostalgia que el artículo 155 debería haberse aplicado después del 7 de septiembre: todos nos hubiéramos ahorrado muchos problemas, hubiera bajado el consumo general de ansiolíticos (que fue intenso, y apuesto a que se podría demostrar), algunos no estarían en la cárcel o no hubieran recibido porrazos, y de paso nos hubiéramos evitado el show estilo Antiguo Régimen del Borbón. Pero parece que la orgía revolucionaria tiene una enorme capacidad de seducción todavía, y, aunque se intentó un experimento de emancipación cautelosa o de preámbulo revolucionario, el miedo final ante la cercanía del abismo dejó a la élite independentista a merced de la apisonadora estatal. Seguramente un conflicto civil era virtualmente imposible (por suerte la retórica pacifista es instrumento esencial del independentismo), pero basta imaginar otros posibles escenarios sin una gota de sangre: por ejemplo, un provisional estado de excepción en Barcelona, que sería la muerte turística de la ciudad para décadas. Algunos están pagando el precio por la apuesta temeraria, seguramente convencidos de que el sacrificio a medio o largo plazo tendrá resultados; otros hacen directamente el ridículo, como Anna Gabriel. Mientras, las masas de tuiteros enfervorizados y borrachos de utopía identitaria olvidan su responsabilidad en la inmolación de los líderes y siguen echando la culpa al Estado español, esa España (eso que burdamente llaman “Ñ”) que casi nunca habrán recorrido y que solamente conocen por las versiones radicales de los medios de comunicación más catalanófobos.
Hagamos balance rápido después de un año: la derrota fue inapelable, pero el victimismo puede ser consolador y vitamínico para almas necesitadas de trascendencia histórica. Además, el oxígeno de la justicia europea era imprevisto pero ha sido muy útil, así como la aureola Braveheart de Puigdemont escapando a la malvada justicia española. Es verdad que el independentismo parece empezar a asumir la improvisación con la que se actuó en octubre (¡qué revelador es el documento Enfo.CATS!), pero se resiste a autodiagnosticar plenamente el alcance de su ingenuidad y ha encontrado una compensación emocional en la cuestión de los presos y en la épica fundacional del 1-0 (nueva fiesta nacional en poco tiempo, a este paso), con la que pueden nutrirse durante años. Se trata de mantener la ansiedad colectiva y esperar otro momento propicio, quizás cuando baje la motivación unionista para votar (o baje el número de unionistas en el censo, cansados del monotema catalán) y el independentismo saque ese 50,1% de los votos con el que sueña. Por eso la propaganda no descansa, lo que lleva, por ejemplo, a extremos delirantes en TV3, que dedica cinco o seis horas diarias a llorar por el fracaso, a defender a los presos y a simular debate abierto con tertulias en las que yo diría que nunca ha habido una mayoría que no sea soberanista.
Sin embargo, a pesar de tanta intoxicación melancólica destinada a mantener viva la grieta entre Cataluña y España, la elección de alguien de tan poca talla política (y oratoria) como Quim Torra ha sido otra chapuza más de un movimiento incapaz de entender la realidad catalana más allá de su dogma; incapaz, en pocas palabras, de entender de una vez por todas que si España es plurinacional, también lo es Cataluña, mal que le pese a algunos. Pero por desgracia la buena noticia del torpe liderazgo de Torra, que debilita sin duda la imagen sobre todo externa del movimiento, no ha durado mucho. La llegada de otro líder nefasto, el arrogante Pablo Casado, parece la respuesta de la España profunda y aznarista a la demanda de un líder claro del “a por ellos”. Es posible que los disparates de Casado en sus discursos formen parte de una simple propaganda vociferante para desbancar con la mayor rapidez a Rivera de su hegemonía antiindependentista, pero no deja de ser inquietante la hipótesis de que algún día lleguemos a extrañar la inacción y los balbuceos de Rajoy.
En medio de este panorama lleno de estridencias, fanatismos y no poca amargura, la única buena noticia es el entendimiento sensato y efectivo de PSOE y Podemos; es un entendimiento frágil, que seguramente no durará mucho, sobre todo si no hay crecimiento electoral que garantice la estabilidad o el Ibex 35 tiene un sofocón de los suyos, pero al menos ha impuesto una cierta racionalidad frente a la obsesión de algunos (en Cataluña igual que en España) por ver golpes de Estado –clásicos o posmodernos- y democracias finiquitadas o al borde del apocalipsis.
No, la democracia liberal europea no está en peligro, al menos en su versión española. ¿Significa eso también que el régimen del 78 ha ganado la batalla y ha asegurado la supervivencia de su oligarquía, empezando por Felipe VI? Seguramente la lección del fracaso del experimento prerrevolucionario catalán solo puede entenderse cabalmente a nivel europeo; en su momento, España cedió a Bruselas toda la soberanía que le interesaba ceder, y a cambio ha obtenido inmunidad para el Estado-nación original, que ya ha cerrado indefinidamente cualquier otro cambio de soberanía. Por ese motivo parece difícil que el proyecto independentista sea viable en un escenario así de interconectado. Pero eso tampoco evitará que la masa independentista renuncie a su fantasía. En todo caso, cerrará la fase de la fantasía y la ilusión para entrar en la fase del resentimiento, que puede ser más larga y más productiva a largo plazo. Porque esto, desgraciadamente, no se arregla con películas de Dani Rovira.

martes, 9 de octubre de 2018

REGRESO INMINENTE


Después de un largo periodo de retiro, anuncio que volveré próximamente a este blog. La intención -veremos si se cumple- es aumentar la productividad, y para ello parece indispensable evitar la prudencia con la que he publicado hasta ahora. Habrá que arriesgar más, y seguramente eso implicará algunos arrepentimientos. Pero el cuerpo me lo pide. Y tengo otro argumento, más convincente: la vida es corta.
Pienso convertir progresivamente el blog en laboratorio de experimentos literarios impredecibles, en muestrario de opiniones subjetivas y aun caprichosas y en diario selectivo y pudoroso de experiencias. Francamente, creo que no tengo nada que perder. O sea que vamos.


miércoles, 6 de junio de 2018


ANTICIPADO CIERRE VERANIEGO

Importantes exigencias profesionales obligan a cerrar este blog hasta después del verano. Sea por vanidad o por humildad, lo cierto es que prefiero no escribir a escribir precipitadamente y sin tiempo para pensar forma y contenidos. De todos modos, es una decisión muy frustrante, porque el ritmo de la actualidad incita adictivamente a emitir opiniones. Apenas estaba pensando en una entrada sarcástica sobre el asunto del chalé de la pareja real podemita y la revitalización del concepto "aburguesamiento", cuando se han producido la inverosímil victoria de Pedro Sánchez y la acelerada caída de Mariano Rajoy. No negaré que el triunfo de Sánchez solo me satisface desde un punto de vista onomástico; aparte de eso, todo apunta a un remake zapateril. Pero los que hemos subestimado muchas veces -por sustrato anticapitalista, sobre todo- las ventajas de la democracia parlamentaria occidental debemos ahora reconocer los espacios tácticos que permite, capaces de generar importantes modificaciones ejecutivas. La lección es especialmente valiosa para el independentismo catalán, empeñado en hablar de franquismo y baja calidad democrática en la España de hoy para alimentar su victimismo. Pero compárese la salud parlamentaria de hoy en España con la de Cataluña el 6 y el 7 de septiembre pasados.
Aparte de esos temas, me hubiera gustado dedicar algunas líneas a reflexionar sobre dos países queridos que viven situaciones complejas: Nicaragua, donde la pareja presidencial Ortega-Murillo está mostrando su peor cara, y México, país en el que las próximas elecciones apuntan a la victoria de un candidato, López Obrador, al que solo se puede elogiar diciendo que es el menos malo (y tampoco es seguro).
 Habrá tiempo para hablar de todos esos temas más adelante. O eso espero. Mientras tanto, salud (y república, pero no de cualquier manera).

martes, 22 de mayo de 2018

OTRA INVITACIÓN


Los amigos de Barcelona que se perdieron la primera presentación de La vida póstuma tienen ahora otra oportunidad. Este viernes 25 de mayo dialogaré con Ricard Fernández Ontiveros sobre la novela en un espacio tan dinámico e interesante como es la librería Nollegiu (calle Pons i Subirà, 3). Estáis todos invitados.






domingo, 13 de mayo de 2018


EL OCASO DE LOS DEMIURGOS

(Este texto, que retoma y amplía una entrada previa del blog, saldrá publicado en otoño en la editorial Bosch dentro del volumen colectivo De Sevilla a Granada con Rubén Darío. Estudios en homenaje al profesor Noel Rivas Bravo, que coordinamos Victoria Camacho, Ninfa Criado, Miguel Polaino-Orts y un servidor.)

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Lo sabemos: se puede ser poeta y antipoeta, se puede hacer novela-ensayo, ensayo novelado, novela-autobiografía, diarios, dietarios, testimonio, autoficción, novela de no ficción, relato real de ficción, novela-reportaje, microrrelatos, grafitis, novela por tuits y cualquier otra cosa. Abundan los centauros literarios porque los géneros son contingentes, arbitrarios y fácilmente superables. Recordemos que Bob Dylan y Svetlana Alexievich han ganado el premio Nobel de literatura y que algunas estrellas de la performance artística son casi capaces de entrar en el Libro Guinness por sus proezas. Ninguna convención en el arte es pura y definitiva; ninguna receta o norma es infalible. La literariedad, como recuerda el gran taxónomo Gérard Genette, puede ser constitutiva o condicional. En la constitutiva, sea por ficción o por dicción, parece que ya todas las casillas han sido llenadas con un ejemplo, y no queda hueco para novedades. En la condicional, en cambio, todo es posible: sabemos que casi cualquier texto puede ser finalmente literario en unas determinadas condiciones sociohistóricas de recepción e institucionalización.
Hay novelas hoy que no terminan nunca, o se fragmentan, o terminan de forma deliberadamente chapucera e imprecisa, o no tienen centro, ni principio, ni mensaje claro; hay novelas que se abren a todos los textos sin saturarse de ellos; hay literatura fronteriza en muchos sentidos, que borra o esconde su propia naturaleza ficcional hasta hacerla aporética o sencillamente irreconocible; hay estructuras lineales, circulares, cuadradas, romboides y a lo mejor hasta cuánticas. Es más: hoy se puede escribir a todas horas, compulsivamente, o escribir una sola vez y dejar paso a los demás. Se puede tener técnica y no tener concepto, y al revés. Se puede escribir para las mayorías y para las minorías. Se puede ser pos, pre, neo, anti, meta y supra. El repertorio de posibilidades parece ilimitado. Vivimos tiempos de hiperproducción literaria: ya alguien dijo que la cultura y los textos son hoy como el carbón para la economía del siglo XIX.
¿Qué sentido tiene entonces pensar otra vez en una poética de la novela?

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Adelanto que no voy a hablar de la muerte de la novela. En todo caso hablaría de su agonía (que puede ser muy larga) en medio de la galaxia digital, compitiendo en la nueva logosfera atiborrada de comunicación y creatividad de todo tipo. Sin embargo, la evidencia hoy es la abundancia empírica de novela, y no su defunción, en buena medida gracias a su flexibilización genérica para adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas reglas del desarrollo cultural.
Lo que sí parece haber entrado en crisis es una determinada epistemología de la novela que le concedía un status de privilegio entre las formas artísticas. Hablamos de una idea de la ficción como mito o fábula explicativa de la realidad histórica desde la base de que se trata de dos esferas distintas -la literaria y la histórica-, y de que la literaria tiene (o tenía) sus propias reglas y su poder específico. Esa directriz concreta presenta, dicho resumidamente, dos variantes, en ocasiones conectadas en productivas e ilustres intersecciones: una, de fuerte carga crítica y de raíz básicamente hegeliana y marxista, y otra de carácter menos dogmático y más centrada en el potencial gnoseológico y humanístico de la novela, capaz de desafiar a la propia filosofía. Lukács, Bajtin, el Barthes de la écriture, el Sartre de ¿Qué es la literatura? y Auerbach, entre otros, han cimentado el prestigio moral y a menudo político del género novelesco dentro del canon occidental moderno, y sus efectos se han notado en la poética de autores como Milan Kundera o Mario Vargas Llosa, quizá dos de los últimos exponentes vivos de ese concepto insigne y orgulloso de la novela.
Sin embargo, es probable que ellos mismos sean dos dinosaurios de la modernidad que empiezan a dar signos evidentes de desorientación en el líquido mundo del siglo XXI. Los impulsos antijerárquicos, antiesencialistas y profundamente descentralizadores del pensamiento en las últimas décadas, con sus nuevos sujetos, han socavado con fuerza y a veces han demolido lo que podríamos llamar el relato heroico y aristocrático de la propia novela como género. La añeja ilusión más o menos ontoteológica y emancipadora de los novelistas del siglo XX y de muchos de sus exégetas se ve ahora con cierto desdén, como residuo elitista y condenado a revelar una y otra vez su profunda ingenuidad, es decir, su grandilocuencia estéril y por tanto su fracaso. En pocas palabras: la novela no descubre nada y no redime ni salva al ser humano. Se habría revelado, por tanto, la ficción (ilusión) de la propia ficción literaria.
Ya se ha hablado incluso de que vivimos en la era de la literatura “postautónoma” (Iris Josefina Ludmer), que certifica el fin de todo un ciclo histórico de relaciones entre la ficción artística y la realidad. El arrinconamiento creciente de la imaginación creadora por parte de una referencialidad extraliteraria (periodismo, historia, autobiografía…) cada vez más invasiva podría ser un síntoma. Por supuesto, ante esa nueva situación se puede adoptar una actitud celebratoria o una actitud resignada, y ambas se ven con frecuencia, en buena medida porque comparten la idea que el cambio es la ley prioritaria de la evolución literaria y, por tanto, la resistencia es inútil. Pero también se puede perseverar en la lucha, entendiendo que la literatura es siempre un espacio de lucha por la legitimidad y que la toma de posición es imprescindible (incluso cuando la toma de posición es el silencio o la inhibición).
Sí, se lucha a todas horas en el mundo literario, y todos defienden intereses, naturalmente: los que como yo creemos en la necesidad de una prudente autonomía de la literatura no podemos ocultar nuestro afán de lucro simbólico y quizás también económico. Pero precisamente por eso creemos necesario igualmente recordar que los intereses que hay detrás de los otros, y de esas actitudes consagratorias de la postautonomía. Porque los hay, aunque a menudo se disimulen bajo la aparente coartada bienhechora de lo que en el fondo no es más una nueva hegemonía y una nueva relación de fuerzas en eso que hoy es un gran negocio: la cultura. Los otros de los que hablo serían, naturalmente, no sólo los autores involucrados, sino también los agentes encargados de la circulación de los textos (editores, sobre todo) y los productores de significado y valor de los textos (la crítica). Dos gremios, por cierto, muy poco acostumbrados a la autocrítica pública, sobre todo en España, un país envanecido durante décadas de crecimiento económico y nuevas oligarquías que solo en los últimos años parece empezar a reaccionar y a replantear el relato euforizante de la Transición.
Debo insistir en que no pretendo denostar las nuevas formas híbridas ni rechazar su legitimidad dentro del repertorio de opciones (el espacio de los posibles de Bourdieu). Quiero, en todo caso, proponer una mínima sospecha sobre la consagración de la hibridación como nueva norma, sobre el singular prestigio actual del adjetivo “inclasificable” aplicado a la literatura y sobre la subsiguiente devaluación de determinados criterios estéticos. Me parece que estamos ante una hibridación cada vez más poderosa e influyente y cada vez más aliada de las nuevas formas que presenta el mercado cultural a la hora de abastecer de interminables novedades. Hoy lo “puro” parece obsoleto e incluso reaccionario, mientras que lo “híbrido” parece infalible, genuinamente democrático y superior por definición. Pero tal vez las cosas no sean tan simples, y se trate solamente de una extrapolación a la literatura de conceptos con otra genealogía, que se aplican ahora con mucha ligereza y con evidente voluntad de imponer nuevos criterios.
Confieso que no estoy en condiciones de proponer una norma alternativa, pero me parece importante contribuir a sacar a la luz las condiciones que han creado y que consolidan día a día la norma híbrida. Se me podrá objetar que abogo por un clasicismo tranochado e iluso o que sueño con volver al Edén de las Bellas Letras; pero me permito recordar, con Lotman, que el arte puede funcionar movido por una estética de identidad o por una estética de oposición. Y quizás la estética de oposición es, paradójicamente, más dócil, conservadora y previsible hoy, aunque nadie parezca atreverse a decirlo. Porque al final llegamos a una cierta dimensión política del hecho literario. Y en ese terreno no está del todo claro que avancemos, a pesar de que el discurso celebratorio de la postautonomía pretenda venderse como liberador y progresista.
Un repaso rápido a la literatura de lengua española quizá nos ayude a explicar mejor el problema.

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Hay muchas formas de contar la historia reciente de la literatura española, desde luego. Una posible historia empieza, en mi opinión, en 1977, con la publicación de Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún. El balance autobiográfico de Semprún con su desencanto comunista funciona perfectamente como pórtico de la naciente democratización española y del progresivo debilitamiento del comunismo como opción política y estética. Pero no debemos olvidar que esas memorias ganaron un premio de novela, es decir, circularon como novela y se integraron en la lucha novelística, y que se trató ni más ni menos que del premio Planeta, elemento esencial ya entonces de la profesionalización de los escritores españoles, y que con el tiempo ha sido una enorme fuente de ingresos para algunos. En ese sentido, la ambigüedad estratégica de Semprún con la novela como género se adelantaba seguramente a los tiempos. Por eso el nuevo pacto de la literatura española –el pacto entre autores, editores y lectores- está firmado ahí, en 1977; no solamente por la apertura desacomplejada del escritor a las estructuras capitalistas del mercado editorial, sino por la inauguración de una senda autoficcional, que aunque no fue inventada por Semprún en el caso español (hay ejemplos en Azaña, Unamuno o Azorín, como sabemos), sí le concede un valor especial si atendemos al contexto político del país.
Con Semprún, la élite antifranquista empieza a escribirse a sí misma en libertad y a rentabilizar su experiencia en aras de una nueva política de la memoria idónea para adaptarse a la democracia liberal y al poder del felipismo. Después vendrán obras como Historia de un idiota contada por él mismo, de Félix de Azúa, o Penúltimos castigos, de Carlos Barral, junto a textos menos ambiguos y por tanto menos autoficcionales como las memorias de Juan Goytisolo. Autobiografía y autoficción tendrán así un notable desarrollo en la España democrática, un desarrollo que compensa cierta carencia histórica de ese tipo de literatura del yo en comparación con otras lenguas y que llegaría a ejemplos tan importantes hoy como los de Andrés Trapiello, Javier Marías y Javier Cercas.
No voy a entrar en criterios cualitativos sobre el valor intrínsecamente literario (o no) de la escritura del yo, criterios que seguramente exigen una reflexión demasiado amplia, porque creo que habría mucho que decir sobre si, por ejemplo, el hecho de que Neruda no mencione a su hija Malva Marina ni una sola vez en Confieso que he vivido es un dato de interés estético o solamente un dato moral o psicológico. Tal vez sea un problema muy arduo, pero sí me parece que se puede afirmar que la expansión de la escritura autoficcional y en general de lo que podríamos llamar la egoliteratura en la España europeísta y democratizada tiene raíces socioliterarias, derivadas de las necesidades de una clase letrada que trató de mantener algunos privilegios en las nuevas condiciones democráticas y que ha tenido sucesores plenamente interesados en priorizar la experiencia individual a lo problemas colectivos (es una evolución que quedaría seguramente bien explicada con el caso actual de Milena Busquets). Esa clase letrada encontró un estupendo yacimiento de posibilidades editoriales en la revelación de la intimidad y en el testimonio subjetivo de la Historia, y su aceptación por parte de la crítica y las instituciones fue casi unánime. Contrástese ese desarrollo aparentemente “comprometido” con la historia de España a partir de testimonios particulares de escritores e intelectuales con la escasez de novelas que afrontaran problemas como por ejemplo el terrorismo.
Evidentemente, siempre podremos encontrar excepciones, pero hablamos de dominantes literarias, en las que se revela la hegemonía de algunas fuerzas y algunas élites (durante al menos veinte años centradas básicamente en la cercanía del periódico El país y el holding afín). Curiosamente, la egoliteratura española coincide en el tiempo con procesos de amnesia colectiva en la esfera pública, que se han contenido hasta el éxito de Soldados de Salamina y la querella de la memoria histórica. ¿Cómo se explica esa aparente paradoja? En realidad, no es difícil: el individualismo literario ha funcionado como filtro para la autointerpretación española de su Historia reduciéndola a una escala controlable, al tiempo que ha opacado claramente la reflexión sobre los intereses de clase, que en España han sido a menudo maquillados, falseados o invisibilizados desde 1982. La falta de atención al presente explica en buena medida el exceso de atención al pasado (sobre todo Guerra Civil y franquismo), que aún hoy es una importante industria para los escritores que aspiran a la profesionalización y que no quieren ser estigmatizados como críticos del nuevo sistema organizado a partir de 1982 con el triunfo del PSOE. Pero es que además el crecimiento de la autoficción española es explicable por razones de productividad literaria y posición social del escritor en una sociedad con una esfera pública creciente y en ocasiones bien remunerada.
Desde hace tiempo, el modelo de escritor español ya no es, desde luego, alguien como Rafael Sánchez Ferlosio. La necesidad profesional del escritor de mantener un alto nivel de producción para no perjudicar sus condiciones económicas y satisfacer la demanda previa de sus lectores podría explicar casos como Negra espalda del tiempo, híbrido con el que Marías ajusta cuentas de forma sutilmente ficcional y por tanto libre de represalias legales. De ese modo, la autoficción ha ido ganando peso en el repertorio de opciones literarias españolas como forma ideal de legitimación del escritor como tal sin necesidad de involucrarse en cuestiones políticas ni de arriesgar creando ficciones sobre espacios sociales que ni conoce ni quiere conocer, ya que su esperanza es entrar en el circuito de una literatura respetablemente instalada en el mercado y capaz de sobrevivir a los vaivenes políticos y económicos. Seguramente sea ese uno de los motivos por los que no tenemos a un Houellebecq hoy en la literatura española.
A pesar de Mendoza, Millás o Merino, la autoficción (que yo también he practicado, y no lo niego) ha sido y es un modelo perfectamente útil para sublimar literariamente las aspiraciones liberales de los intelectuales y aspirantes a nuevos clercs. No solo eso: ha cumplido una eficaz labor solapando la visibilidad de ficciones sobre las diferencias sociales y los conflictos políticos en España y ha contribuido, por tanto, al perfil bajo de una literatura como la española de la democracia, muy indulgente con la oligarquía económica y pudorosa a la hora de ejercer la crítica o plantear polémicas ideológicas de alcance. Es decir, inversa en muchos sentidos a la literatura previa que los lectores españoles disfrutaron: la del boom, que marcó el tardofranquismo. Tampoco habría que olvidar, en ese sentido, la curiosa simetría entre boom y novela española de la democracia, y cómo el primero empezó como vanguardia estética y vanguardia política a la vez, a diferencia de la segunda, que ante todo ha sido vanguardia económica dentro de la estrategia neoliberal de colonización del mercado de lengua española por parte de algunos potentes grupos empresariales de capital español. En ese sentido, creo que en América Latina el puesto equivalente al de Autobiografía de Federico Sánchez lo ocuparía La tía Julia y el escribidor, no tanto por el sentido ideológico como por la autoconciencia del nuevo escritor profesional que sabe que ha entrado en otra fase de la tradición literaria continental. Y así, desde Varguitas quizá llegaríamos, aunque no sea por una relación directa e inmediata, a Arturo Belano o Emilio Renzi.
Mi conclusión es que, amparada y legitimada por una crítica cómplice incapaz de afirmar la desnudez del emperador, la autoficción ha supuesto y supone hoy un freno importante para la imaginación creadora y la sensibilidad social en la narrativa de lengua española, al tiempo que estimula la pereza y el mimetismo. Pero no es el único factor que ha contribuido, especialmente en países como España, al triunfo de lo que podríamos llamar una ficción blanda o débil frente a una ficción dura o fuerte.

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Estamos viendo que las autoficciones y los géneros autobiográficos están contribuyendo a desequilibrar el panorama narrativo desde lo ficconal hacia lo referencial, y ahí han contado con múltiples apoyos, empezando por las diversas modulaciones de la nueva novela histórica y las interferencias del periodismo. Ya el Modernismo descubrió el haz de posibilidades para el autor-cronista, y ahora habría que sumarle al autor-cronista de sí mismo, al autor-periodista y al autor-historiador. Incluso narradores contemporáneos muy imaginativos recurren a los hechos reales y a los personajes referenciales: Bolaño mete a Neruda y a Paz como personajes, Padura novela a Heredia o Trotski, Cueto a Vladimiro Montesinos, Volpi a Salinas de Gortari, Vargas Llosa a Trujillo o Roger Casement, Ospina a Pedro de Ursúa y Muñoz Molina al asesino de Luther King.
Por supuesto, podemos interpretarlo todo de manera inocente y aceptarlo sin más como parte de un panorama riquísimo y lleno de opciones para casi todos los gustos lectores. Esa parece ser la actitud más cómoda y acorde con la despolitización predominante. Pero también podemos recordar algo de marxismo y pensar en las condiciones materiales del trabajo literario hoy. No es la actitud habitual entre la crítica, sobre todo la española, a menudo forjada en la mediocridad y el vasallaje de sus universidades, de estilo feudal hasta hace muy poco. Pero el problema es seguramente más amplio y afecta también a la crítica académica incluso de Estados Unidos, tan responsable muchas veces de la tabla de valores dominante, sobre todo en lo que se refiere a la literatura latinoamericana. Hipertrofiada por su burocratización y su constante necesidad de producir papers, autodevorada constantemente por su necesidad de novedad y su narcisismo teórico, la crítica está contribuyendo también al desorden general mientras de paso se legitima como un grupo social cada vez más numeroso y al mismo tiempo más sometido a reglas de competencia capitalista.
Los ejemplos de sus caprichos son muchos, y van más allá del intento de canonización alternativa de una obra como Me llamo Rigoberto Menchú, que parece felizmente superado. La forma con la que la crítica -tanto de aquí como de allá- tiende a lavar su mala conciencia política al tiempo que prospera económicamente va desde las múltiples formas de los Cultural Studies hasta la habitual benevolencia con la que se juzgan géneros como el policial, viendo la botella medio llena de la crítica social y obviando la botella medio vacía del evidente sentido comercial de un género que sigue siendo muy vendido y por tanto muy útil para las necesidades de solidez económica del escritor. Pero la crítica también está siendo responsable desde hace bastante tiempo de la conversión en modelo de un tipo de ficción cuya blandura es cada vez más notoria y que sin duda guarda mucha vinculación estratégica con la egoliteratura: me refiero a la metaliteratura. Otra ficción blanda que esa crítica autocomplaciente nos hace pasar por ficción dura.
No se me ocurrirá aquí criticar la grandeza evidente de autores como Sergio Pitol, Roberto Bolaño, Ricardo Piglia o Enrique Vila-Matas, que respeto y admiro sin vacilaciones (salvo por cierta anarquía del chileno). Los cuatro no son ya autores minoritarios, porque se leen mucho, pero son autores cotizadísimos entre sus pares (los escritores) y sobre todo entre la crítica académica, que valora especialmente los componentes metaliterarios o culturalistas de sus ficciones: sus toques borgeanos, sus revisiones canónicas o anticanónicas, sus homenajes, sus parodias y los híbridos resultantes entre unos y otras, sus tendencias a tematizar la lectura y convertirla en nutriente fundamental de sus obras a base de subtextos o hipotextos o intertextos. 
Evidentemente, el dominio de la tradición y la capacidad para reinventarla de forma creativa pueden ser valores literarios y siempre dispondremos de un aval cervantino para justificarlo, pero me pregunto si esa estrategia no corre el riesgo hoy de automatizarse y volverse previsible, lo que en cierto modo sería la negación de su misma naturaleza estética para convertirse en algo muy distinto: un producto pensado para satisfacer una demanda previa. ¿Demanda de quién? De los propios críticos e investigadores, por supuesto, que, necesitados de legitimación y de discurso rápido y efectivo, disfrutan especialmente siguiendo las miguitas de pan que los autores ponen en sus obras para condicionar la lectura. De ese modo, la clase intelectual ocuparía una posición perfectamente simétrica al público de best sellers, y ambos tendrían garantizada su comodidad lectora y su sistema de valores, evitando cualquier conflicto entre las dos esferas. Los profesores leerían sus novelas pedantes para sentirse contentos y sentir que la Cultura no ha muerto, y el público masivo de la sociedad del ocio disfrutaría con el entretenimiento de los superventas. Todos contentos, en cierto sentido. Pero no: no todos estamos contentos.
Más de una vez he discutido con colegas del gremio (de diferentes países) que se solazan con el acertijo metaliterario, las metáforas archivísticas y los rayos X del palimpsesto, y que encuentran ahí la perfecta satisfacción de sus necesidades como público lector y a la vez constructor de cánones. Esa clase letrada se habla a sí misma perfectamente con esa literatura, lo que cierra el círculo del conformismo y la vanidad: somos cultos porque encontramos todas las pistas del autor y por eso nuestra vida de lectores tiene un sentido.
Insisto en que todo es muy respetable, pero me parece que quizá la crítica (o buena parte de ella) debería replantearse alguna vez su misión y sus valores, y salir de la burbuja de un conformismo no exento de privilegios económicos en el que apenas hay término medio entre el redentorismo grotesco de algunos mandarines que presumen de cambiar el mundo con sus abstrusos ensayos aparentemente políticos y la tibieza con la que otros mandarines más tímidos han banalizado la pesquisa crítica para convertirla en el parque temático de los iniciados. Incapaces de problematizar seriamente la relación entre texto y sociedad (porque eso significaría, entre otras cosas, replantear sus privilegios y volverse humildes), muchos lectores sofisticados han elegido como moral de la forma literaria la que más se adecua a sus intereses inmediatos, evitando el riesgo que implica tomar posición en el seno de la institución para preguntarse de veras qué es hoy la crítica literaria desde un punto de vista social. 
Además, en esa glorificación de la ortodoxia metaliteraria es donde, al menos en el ámbito hispánico, percibo una mala digestión de Borges, o al menos una lectura muy parcial, en la que se olvida demasiado rápidamente la defensa que el autor de El Aleph hacía del artificio literario, y en particular de lo que llamó los “ejercicios de imaginación razonada” (véase el prólogo a La invención de Morel). Se habla hasta la saciedad del potencial filosófico de la obra borgeana, pero parece haberse olvidado su defensa del elemental placer narrativo (por ejemplo, de Las mil y una noches). Y ese placer narrativo tiene un componente técnico que el desprecio por el caduco estructuralismo y la hipocresía de muchos estudios culturales han llevado a un segundo plano, para mayor comodidad de una crítica que se aburre con el microscopio de la prosaica narratología pero que disfruta en cambio con los laberintos entre textos y con las demostraciones de buena conciencia frente a los problemas del mundo.
Sí, hablo de técnica, de eso tan olvidado hoy que es el virtuosismo narrativo, que puede ser una simple ilusión pero que en cualquier caso hemos perdido en favor de un todo vale aparentemente revolucionario y liberador. Hablo de imaginación -sí, imaginación- sometida a las reglas de la construcción narrativa (voz y perspectiva, sobre todo); hablo de mundos posibles, de capacidad demiúrgica; hablo de enfatizar al personaje como sistema de rasgos y como ideólogo, hablo lo que Kundera llama "egos experimentales", es decir, de personajes nativos del mundo de ficción y no referenciales o históricos (que, no nos engañemos, son más fáciles); personajes nativos que triunfan o fracasan en la ficción porque el autor quiere transmitir una imagen del mundo crítica y no perderse en brumas posmodernas que le sirvan para no pronunciarse sobre los temas decisivos. Todo eso que podría ser la esencia del relato de ficción y que parece que algunos quieren sustituir por una nueva norma en la que o se lee literatura para el gusto de la sociedad secreta de los letraheridos o se acepta como literatura cualquier cosa al estilo del anuncio televisivo que hablaba de aceptar “pulpo” como animal de compañía.

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Pocas definiciones más hiperbólicas y románticas de la labor del novelista encontraremos que la del deicida vargasllosiano: el novelista como suplantador de Dios. El propio novelista peruano no utiliza ya esa imagen tan enfática (propia de sus tiempos más faulknerianos) y prefiere, por ejemplo, hablar de la verdad de las mentiras novelísticas. De cualquier modo, se trata de una defensa del valor único de la novela y de eso que he intentado llamar la ficción fuerte, y que el propio Vargas Llosa ha practicado habitualmente (aunque también haya practicado, como hemos visto, las ficciones contaminadas de hechos reales).
Ninguna ficción es, por supuesto, completamente pura, y siempre está conectada de algún modo al mundo real (perdón por la perogrullada teórica). Pero el debilitamiento de la autonomía de la ficción tiene consecuencias en las que pocos parecen reparar, instalados en la permanente celebración de algunos mestizajes que son vistos como una especie de triunfo de la democracia: ese debilitamiento implica, ante todo, una pérdida de la fuerza para problematizar, desde la distancia, el mundo real; en otras palabras, para componer o construir un marco o un modelo que nos permita enfocar y quizás iluminar una parte de la complejísima realidad. Ya no digo toda la realidad, porque eso sonaría a ingenuidad metafísica de otra época. Pero tampoco veo claro que la ductilidad contemporánea haya supuesto un avance glorioso en algunas literaturas como la española. Por el contrario, si alguna conclusión puede darnos el sistema literario español actual (sobre todo en la narrativa) es que lleva décadas dominado por la falta de agresividad y de problematización; en definitiva, por una falta de comprensión de la literatura como acto de solidaridad histórica. Es más, parece que seguimos sin ver otro problema que no sea la Guerra Civil. Esa atrofia del espíritu crítico quizá explica el advenimiento del duro contexto sociopolítico actual, que nadie supo predecir y que hoy solo unos pocos se atreven a interpretar con independencia de criterio y valentía ideológica, más allá de las bataholas publicitarias y los mercadeos habituales de una sociedad de nuevos ricos que ha entrado en crisis sin entender por qué. Y no pensemos que el asunto se limita al caso español: desgraciadamente, el poder editorial peninsular puede acabar afectando directamente al sistema latinoamericano y contagiando las prioridades conservadoras y consumistas frente al riesgo crítico y la fuerza ideológica.
El mestizaje y lo fronterizo ya han cumplido seguramente su función transgresora y renovadora, pero hoy hay unas necesidades que son a la vez políticas y literarias y que a algunos nos han obligado a tomar partido claramente por eso tan anticuado que es separar la realidad de la ficción precisamente para que la segunda ayude a entender la primera. Si la literatura no preserva su poder exploratorio e imaginativo, si la fantasía se limita a parasitar textos ajenos, si el único personaje que podemos crear es el personaje-escritor o profesor, si olvidamos el sentido de la novela como hipótesis inquietante sobre el mundo, corremos el riesgo de acabar dañando la salud universal de la literatura en favor, por ejemplo, de las series de televisión, que casi siempre son productos de consumo perfectamente industrializados y no pocas veces alienantes. Y peor aún: podemos convertir la novela en un simple producto de consumo, que conduce directamente a un cierto tipo de modorra intelectual bastante cercano a la inconsciencia o la pusilanimidad que tanto interesa al poder (que sigue existiendo, aunque esté más y mejor disimulado que nunca).
El siglo XXI supone nuevos retos que ni Dostoievski ni Kafka ni Joyce (ni Calvino…) pudieron imaginar o prever. Vivimos en un mundo caótico saturado de ficciones, pero también de confusiones y de incertidumbres. Y por eso mismo no todas las ficciones funcionan igual, no estimulan de la misma manera la razón crítica, ni alertan sobre el retorno de los prejuicios. En el mundo de las nuevas tecnologías de la información, tal vez la novela sigue siendo un modo exclusivo y excepcional de informar a través precisamente de lo inverificable: el mundo creado por la imaginación.
Me parece que es un buen motivo para perseverar en la lucha.

domingo, 29 de abril de 2018


LITERATURAS EN CRUCE

(Este texto es un adelanto -en concreto, la introducción, aliviada aquí de notas- de mi próximo libro de crítica, Literaturas en cruce. Estudios sobre contactos literarios entre España y América Latina, que recoge trabajos publicados durante años junto a textos inéditos y que, si todo va bien, saldrá publicado en otoño en la editorial madrileña Verbum).

Si rebuscáramos en la extensísima casuística de relaciones literarias de todo signo entre escritores de ambos lados del océano con el objetivo de encontrar un ejemplo que fuera de alguna forma modélico, quizá nos quedaríamos con una historia fundamental y sobradamente estudiada y pormenorizada: la amistad entre Pablo Neruda y Federico García Lorca. Por supuesto, la elección no escapa del todo a la arbitrariedad, pero el modelo contiene mucho más aparte de los conocidos elementos legendarios y trágicos, y sobre todo puede funcionar como personificación de un determinado ideal de conexión literaria entre España y América Latina en un momento decisivo de modernización. La relevancia de las dos figuras contribuye a ello, pero también otros factores que configuran un preciso esquema posicional de ambos escritores en sus respectivas literaturas. Sin desdeñar la importancia de la amistad de Neruda con Alberti o Hernández, y otras tantas amistades que sin duda se pudieran señalar, la relación con García Lorca funciona de forma inmejorable –sin necesidad de entrar en ninguna candidez mitificadora- como fórmula de cooperación transatlántica e intercambio enriquecedor. Pero también funciona como apertura a un nuevo espacio de significados socioliterarios, un nuevo terreno de juego que es también otro sistema que ya no es exclusivamente ni español ni latinoamericano porque trasciende un determinado marco local y geopolítico y permite releer las posiciones de los escritores definiendo un repertorio común compartido de opciones y valores literarios, y perfilando asimismo lo que podríamos considerar, al fin y al cabo, un mercado común.
Por supuesto, la triste realidad del exilio político durante el siglo XX ha generado muchísimas complicidades biográficas (afectivas, editoriales, académicas, etc.) y ahí encontraríamos también todo tipo de modelos con efectos literarios (Ramon Vinyes y Gabriel García Márquez, por citar un ejemplo también muy conocido), pero quizá lo específico de Neruda y García Lorca es que fueron dos vectores de modernidad periférica que confluyeron y se fertilizaron mutuamente produciendo valor estético, y a la vez se proyectaron el uno en el campo del otro: Neruda en España y García Lorca en América Latina. Sin necesidad de tener en cuenta, por ejemplo, las implicaciones añadidas que el asesinato de García Lorca tuvo también para la cultura latinoamericana como conmoción histórica, lo que nos interesa resaltar aquí es esa condición de equilibrio más o menos logrado en lo que sería una mutua interferencia transatlántica. Es decir, estaríamos hablando de una relación que cumpliría un cierto sentido de simetría en términos culturales: un intercambio fluido de dos escritores de vanguardia de indudable trascendencia histórica, sin evidente hegemonía ni simbólica ni económica de un lado sobre el otro, sin aparentes connotaciones coloniales y con mutuo reconocimiento. Habría que preguntarse cuántas relaciones pueden ajustarse a este esquema antes y después; o más exactamente, cómo la desviación de este modelo hipotético nos puede servir para explicar por contraste muchos otros casos, hasta llegar al antimodelo, el de la incomunicación más o menos plena, por el cual determinados autores de importancia no consiguen o consiguen muy tardíamente algún reconocimiento al otro lado del océano.
Comparemos la relación entre Neruda y García Lorca, por ejemplo, con las relaciones transatlánticas centradas en torno a la figura también decisiva de otro chileno instalado en España, Roberto Bolaño, convertido desde finales de siglo XX en resorte de múltiples posibilidades de todo signo, textuales y extratextuales, que van desde su inclusión como personaje secundario en Soldados de Salamina hasta su inserción en el campo literario español gracias a la imprescindible función avaladora (y en algún caso, casi co-autorial) que en su trayectoria cumplieron dos personalidades literarias con gran prestigio en España, el crítico Ignacio Echevarría, que durante algunos años fue quizá el árbitro más temido de la prensa literaria española, y, sobre todo, el editor Jorge Herralde. Bolaño, sin duda, es también otro éxito de una determinada construcción del espacio común transatlántico, tanto simbólico como económico: su propia literatura rentabiliza temáticamente la fluidez transatlántica y su consagración ha contribuido a unificar prioridades estéticas y tabla de valores a ambos lados del océano. Pero el intercambio tiene otras condiciones no homologables al caso Neruda-García Lorca: sí, España ayuda a la institucionalización de Bolaño y Bolaño ayuda al prestigio editorial español y, ciertamente, algo parecido sucedió con Neruda, pero García Lorca y Echevarría o Herralde son productores con una función socioliteraria muy diferente.
Más evidente es el problema de encontrar un modelo de referencia si pensamos en otros casos, como las relaciones contemporáneas entre el editor y escritor Juan Cruz y diversos escritores latinoamericanos, relaciones bastante documentadas en los proyectos memorialísticos del primero. El intercambio, en la mayoría de esos casos, funciona con unas reglas y unas criterios muy específicos: Cruz ofrece su agenda, su capital social y sus posibilidades editoriales a cambio de valores estéticos que forman parte de su repertorio de lector y que entran al mercado español más tarde o más temprano y de una forma u otra, sobre todo en la editorial Alfaguara. Sin necesidad de entrar en sanciones morales, parece claro que sobre todo en este caso hablamos de una relación muy lejana a la simetría de la relación Neruda-García Lorca. Se trata de un intercambio de elementos simbólicos por elementos económicos, de acuerdo con lógicas del mercado capitalista y específicamente de la incorporación de España a ese mercado internacional desde las últimas décadas del siglo XX, en directa competencia con los proyectos neoliberales latinoamericanos de la época, como los de México o Argentina.
Las variantes del intercambio son, desde luego, inagotables, pero la definición de las diferentes formas de asimetría a la hora de organizar redes entre España y América Latina podría servir para postular, siquiera heurísticamente, una serie de modelos de las posibles relaciones literarias transatlánticas, basados en las posiciones individuales de los escritores en contacto. Parece claro que, de hecho, la simetría sólo puede funcionar como abstracción o ideal, mientras que la asimetría es mucho más realista a la hora de describir la gradación de las relaciones entre la metrópoli y sus antiguas colonias. El principio asimétrico ayuda a comprender múltiples situaciones de ajuste y desajuste entre intereses a ambos lados del océano, desde la diferencia esencial forjada con la emancipación latinoamericana y la consolidación de sus sistemas nacionales. La descolonización es, de hecho, el punto de partida de toda una serie de dinámicas de proximidad y alejamiento, de fraternidad y competencia, y también de proyectos de renovación a veces completos y a veces accidentados o fragmentarios, como corresponde a modernidades que, en España al igual que en América Latina, han enfrentado contradicciones muy variadas y a veces muy frustrantes.
Pero es que, además, el juego simétrico tiene forzosamente un diseño más complejo de componentes y estratos, porque cualquier planteamiento del tema debe reconocer la existencia de dos heterogeneidades indispensables que también pueden reforzar (o no) las posibles simetrías: una, la latinoamericana, ya asumida por la crítica a partir de sus diversos subsistemas nacionales y regionales desde la teoría de Antonio Cornejo Polar, y otra, la española, en la que también funciona de forma relevante al menos un subsistema, cuyo centro sería sin duda Barcelona, donde, por cierto, en ocasiones se ha compartido con América Latina cierta retórica descolonizadora frente a los impulsos del poder hegemónico español (político o cultural) centrado en Madrid. No es un tema menor, desde luego. ¿Cómo, si no, interpretar datos específicos tan inusuales como la insólita traducción de Cien años de soledad realizada al catalán en 1970, y sobre la que hablaremos más adelante? La función concreta de esa traducción sólo se pude comprender aceptando un cruce complejo ni más ni menos que de tres sistemas literarios: catalán, español y latinoamericano, en un momento histórico específico (con García Márquez instalado en Barcelona). En ese sentido, no es difícil percibir que el espacio transatlántico –o transibérico- es mucho menos homogéneo de lo que pudiera pensarse, aunque precisamente en esa disipación de las fronteras es donde encontramos la enorme riqueza de las redes creadas y sus nuevos significados.
Afortunadamente, la preocupación por atender de forma crítica a la diversidad de fenómenos de comunicación literaria entre España y América Latina ha experimentado un notable crecimiento en las últimas décadas. Aunque no es nuestra intención hacer aquí un balance detallado de sus logros y sus retos, hay que recordar que la teoría de los estudios transatlánticos ha supuesto un importante avance en la atención a toda una serie de aspectos que escapan a las fronteras nacionales y que responden tanto al dinamismo de la interacción entre sistemas literarios como a las formas más o menos represivas con la que las instituciones culturales han ocultado, postergado o infravalorado textos y factores de acuerdo con una visión específica del concepto de literatura. Como recuerda Julio Ortega, los estudios transatlánticos toman en cuenta la diversidad de “geotextualidades” generadas por realidades mixtas y fluidas, e incluso tienen un valor político que les permite no acomplejarse ante el enorme prestigio académico de los estudios culturales, porque “responden a la violencia de los saberes institucionales de sanción y valoración” y cruzan fronteras “para abrir espacios de respiración y nuevas tramas de legibilidad”.
Ortega recuerda acertadamente que en el desarrollo de esa nueva preocupación transatlántica ha jugado también un papel importante la actitud por fin más receptiva por parte del mundo académico español, visible en el creciente interés por la cultura latinoamericana desde las universidades españolas, que contrasta (como veremos con ejemplos claros a lo largo de los siguientes capítulos) con algunas evidencias históricas que, desde luego, también forman parte del problema. En realidad, la incomprensión española hacia América Latina es un sustrato colonial y paternalista demasiado visible aún hoy, sobre todo en determinados medios de comunicación y en algunos discursos políticos manifiestamente reaccionarios. No se trata únicamente de datos como la celebración acrítica del 12 de octubre y el mantenimiento de la querella simbólica sobre la “leyenda negra”, sino de otras muchas conductas, como la manipulación sistemática que se ha llevado a cabo en los últimos años para desprestigiar en la esfera pública española algunos proyectos políticos latinoamericanos superficialmente catalogados como “populistas”. No es una actitud bidireccional, a pesar de los datos de signo inverso que se puedan encontrar: se trata de una evidente falta de autocrítica colonial que en España se suma demasiado a menudo a una simplificación antropológica y geográfica de América Latina.
Es cierto que estos aspectos extraliterarios parecen estar lejos de los procesos que aquí nos interesan prioritariamente, pero ningún análisis cultural puede desdeñar la importancia de la huella colonialista en la recepción de algunas producciones latinoamericanas en España durante el siglo XX, y en general no puede pasar por alto la dificultad de la metrópoli para asimilar desde muchas de sus instituciones la complejidad identitaria latinoamericana y reconocerle así un estatuto comparable a la española dentro un sistema común que reparta beneficios a ambos lados del océano. Pensar por ello en una conflictividad radical no resuelta –a pesar de los muchos y encomiables esfuerzos históricos ya realizados- como principio esencial de la relación entre España y América Latina quizá nos ayude a comprender las normas y las excepciones, y en general la lógica de la asimetría que ha marcado y marca aún hoy la relación panhispánica. Aunque la intervención española ha tenido en ocasiones consecuencias no sólo mercantiles sino también estéticas -sirvió, por poner ejemplos rápidos, para favorecer en su momento la consagración de Martín Fierro gracias a Unamuno y Menéndez Pelayo, o la de César Vallejo gracias a la edición española de Trilce-, y aunque ha habido diversos casos de críticos valiosamente instalados en un equilibrio transatlántico –pensemos, por poner un ejemplo vigente y veterano, en el crítico y poeta uruguayoaragonés Fernando Ainsa, por ejemplo-, también habría que recordar algunos accidentados ingresos de la crítica española al debate latinoamericano (como la polémica generada en los años cuarenta del siglo XX por el exiliado español Pedro Grases sobre las características generales de la novela hispanoamericana, que motivó las réplicas de críticos como Arturo Torres Rioseco, Enrique Anderson Imbert y José Antonio Portuondo).
Sea como sea, los estudios transatlánticos han encontrado un importante nicho de mercado académico aprovechando los muchísimos intersticios desatendidos por los historiadores hasta la fecha y toda una serie de textos marginados por su intrínseca flexibilidad o heterogeneidad, o por su irreductible perfil mixto o bidireccional. Con todo ello, sin duda se ha contribuido a superar en buena medida el aislamiento histórico de las dos orillas, lo que más allá de mensajes idílicos de orgullo cultural ayuda a la necesaria revisión de la infinidad de formas de contacto producidas hasta la fecha. Pero quizá habría que volver a pensar en las formas históricamente generadas por ese aislamiento para encontrar las reglas que explican las evidentes oscilaciones en el intercambio literario habidas en los últimos ciento veinte años. Y ahí es donde volvemos, inevitablemente, al tema menos feliz de las asimetrías y sus posibles síntomas neocoloniales.
Tal vez no sea necesario insistir en que la asimetría es, ante todo, demográfica, étnica y antropológica, pero estos rasgos constitutivos y empíricos -que impiden, como es obvio, la igualdad entre “España” y “América Latina” como sujetos- son solo una parte del diagnóstico. La asimetría demográfica no ha impedido algunas evidentes consecuencias literarias en términos, por ejemplo, de mercado y consumo lector. Hablaríamos de una asimetría editorial, porque el mercado de la edición ha funcionado históricamente de forma asimétrica a favor de las casas españolas salvo en las primeras décadas del franquismo, en las que la iniciativa y la vanguardia estaban al otro lado del océano (gracias en buena medida a la labor de editores españoles exiliados, como es sabido).
Sin embargo, también hay que apuntar que la hegemonía española no ha sido uniforme, aunque, sin duda, sus instituciones han aspirado más al control latinoamericano que a la inversa. Por poner ejemplos rápidos de los que más adelante hablaremos con más calma, el Instituto de Cultura Hispánica, la editorial Seix Barral y el grupo PRISA serían formas de aspiración a la hegemonía que no tienen correspondencia simétrica en el lado latinoamericano. A pesar de sus diferencias ideológicas bastante evidentes y del grado de éxito alcanzado en cada caso, han contribuido a proyectar hacia ultramar un discurso hispánico, y por ello podríamos detectar aquí otra asimetría, más de tipo institucional, por la cual la expansión económica e ideológica es históricamente más agresiva desde España hacia América Latina que al revés (salvo, quizá, la importancia expansiva y euforizante de la Revolución Cubana, aunque la entrada de los españoles en el proyecto cubano fue siempre menor que la de los latinoamericanos). Evidentemente, también ha habido intentos hispanizantes desde América Latina –quizá el más célebre, sin contar los homenajes a propósito de la Guerra Civil, sea Cantos de vida y esperanza- y no hay que olvidar la importancia en España de editoriales como Fondo de Cultura Económica, pero habría que insistir en la falta de reciprocidad de ese hispanismo con vocación expansiva.
Por esa vía llegaríamos a otro rasgo esencial de la diferencia entre sistemas: lo que podríamos llamar la “necesidad de autointerpretación”, que ha marcado básicamente desde Pedro Henríquez Ureña el discurso crítico latinoamericano, y que es muy poco conocida en España aún hoy salvo en círculos académicos. A ello que habría que oponer la escasa autointerpretación de la literatura española como sistema, sobre todo desde el punto de vista académico y filológico, lo que ha creado una imagen rígida de unidad cultural (a partir de la literatura áurea) que ha olvidado problemas y debates que también requieren apertura crítica, como, por ejemplo, el estatuto de la literatura catalana o la gallega en sus relaciones con la española.
Recordemos que la crítica latinoamericana llegó, con planteamientos como los de Roberto Fernández Retamar, a plantear la necesidad de una teoría propia de la literatura hispanoamericana; nada comparable, ni en lo bueno ni en lo malo, ha tenido lugar en España, ni siquiera en el caso de la literatura catalana –en catalán o en español-, cuyos dilemas identitarios pueden considerarse no resueltos. En ese sentido, qué duda cabe que el autoanálisis desde el lado latinoamericano ha sido, sobre todo en las últimas décadas, más intenso y fecundo que el producido en una España donde, por ejemplo, el canon literario se cuestiona o simplemente se interpreta de forma muy lenta.
Esta asimetría autorreflexiva, derivada en última instancia de problemas de identidad cultural, podría ser considerado también otro factor que ha favorecido el intento de consolidación de un concreto sistema transatlántico, con reglas que han sido fomentadas desde una España aparentemente homogénea y que han intentado proyectarse sobre el conjunto de los sistemas nacionales latinoamericanos, aprovechando que la intercomunicación entre estos ha sido fluctuante salvo en algunos periodos muy concretos (Modernismo y boom, por ejemplo). La ventaja de esa imagen de unidad española a la hora de organizar la conexión entre los propios países latinoamericanos ha sido un recurso estratégico sobre todo desde el punto de vista editorial y ha puesto de relieve, entre otras cosas, las dificultades políticas y económicas de la cohesión latinoamericana, dificultades que al final también tienen consecuencias literarias.
Todas estas son líneas de fuerza que explican muchos movimientos transatlánticos que constituyen el sistema literario común nacido seguramente con el Modernismo, en el que se planteó la primera vanguardia literaria entre escritores españoles y latinoamericanos bajo el liderazgo incuestionable de Rubén Darío. El famoso “retorno de los galeones” concebido por la crítica (Max Henríquez Ureña) para sintetizar la inversión del orden colonial que se produjo con la renovación modernista (y consagrar de paso la madurez literaria continental) creó, sin duda, una nueva narrativa de la historia de la relación transatlántica. Pero, siguiendo con el esquema metafórico, habría que pensar en las características de los siguientes viajes de los “galeones” y en cómo se han repartido las iniciativas tanto simbólicas como económicas entre ambos lados del océano. En ocasiones, como en el caso del boom, la iniciativa estética fue otro galeón latinoamericano, pero la mercantilización final del proceso se debió en gran medida a la entrada del sistema editorial español. Del mismo modo, en el final de siglo XX, la superioridad mercantil española supo rentabilizar la iniciativa estética de autores como Bolaño, y los “galeones” españoles han vuelto a “conquistar” el mercado latinoamericano.
Por motivos como estos, comprender la bilateralidad de la relación obliga a aceptar la larga pervivencia de desajustes económicos, políticos y culturales que siempre influyen en una inevitable situación de competencia. Cualquier escritor en posición transatlántica se ve influido en un sentido u otro por alguno de esos desajustes. Por ello quizá necesitemos más modelos de relación literaria transatlántica que ayuden al esfuerzo de categorización visibilizando los problemas, las contradicciones, y, por qué no decirlo, también los momentos de solidaridad y cooperación.
En ese sentido, valdría la pena volver al punto de partida, que necesariamente (a pesar de los casos de la presencia en España de Vicente Riva Palacio o Francisco A. de Icaza) debe ser Rubén Darío, como origen de una nueva actitud hispánica restablecedora de vínculos culturales y organizadora de una red literaria. Pero incluso en el caso de Rubén, las opciones son muchas y todas interesantes: desde la importancia de Juan Valera o la amistad con Juan Ramón Jiménez hasta la relación menos amable con Unamuno, pasando por otros muchos nombres de la fecunda experiencia dariana en España, el autor de Prosas profanas genera muchos modelos conductuales a cuál más curioso e interesante.
Sin embargo, hay una amistad crucial que en cierto modo podría servirnos de epítome de la complejidad de las relaciones literarias transatlánticas desde su origen: se trata de la amistad, también famosa, entre Rubén Darío y Marcelino Menéndez Pelayo. Hay rasgos muy singulares en ella que podrían convertir esa amistad en símbolo de alianzas y reencuentros, pero también de ajustes y desajustes, de compensaciones y descompensaciones; una fórmula muy lejana a la que supondrían, según nuestra búsqueda rápida de modelos, Neruda y García Lorca.
Entre esos rasgos hay múltiples formas de asimetría, pero seguramente en hay también un valioso sentido metafórico que explica más sobre la complejidad de las relaciones entre España y América Latina que la célebre metáfora de los galeones. Recordemos que Rubén conoce al maestro santanderino en su primer viaje a Madrid en 1892, concretamente en el hotel Las Cuatro Naciones, residencia habitual de Menéndez y Pelayo en Madrid, como apunta Noel Rivas Bravo en su reciente edición de España contemporánea (p. 325). Las palabras de Rubén dejan pocas dudas sobre la sincera admiración que profesó por el historiador, a quien compara ni más ni menos que con Erasmo: “Menéndez Pelayo está reconocido fundamentalmente como el cerebro más sólido de la España de este siglo; y en la historia de las letras humanas, pertenece a esa ilustre familia de sacerdotes de que han sido ornamento los Erasmos y los Lipsios” (ibid.).
Es especialmente significativa esa admiración teniendo en cuenta que se destina a alguien que encarnó unos valores españolistas sobradamente conocidos y que en ciertos aspectos (a pesar de que Rubén en ningún momento lo percibe así) podría ser la antítesis de los esfuerzos emancipadores y descolonizadores de la cultura latinoamericana. Aunque Rubén critica, como es sabido, determinados aspectos de la España que encuentra después de la guerra de Cuba, su balance no afecta a la talla intelectual de don Marcelino. Y conviene recordar que el mismo Menéndez Pelayo ultracatólico es, curiosamente, el autor de la primera historia con ambición generalizadora de la literatura hispanoamericana, su Historia de la poesía hispano-americana de 1911-1913, y que por tanto fue un importante legitimador de la literatura del otro lado del océano. La historiografía literaria latinoamericana no puede evitarle ese mérito al santanderino, que, curiosamente, ha sido el español que más ha influido en el canon literario del continente, a pesar de los muchos esfuerzos de compatriotas suyos después y por supuesto hoy.
Menéndez Pelayo también elogió a Rubén, como sabemos. A pesar de que evitaba deliberadamente incluir a poetas vivos, en la Antología de poetas hispano-americanos que precedió a la Historia de la poesía hispano-americana, ya Menéndez Pelayo le dedicaba un breve comentario sin mencionar su nombre, y lo completó en la versión de 1911: “de su copiosa producción, de sus innovaciones métricas y del influjo que hoy ejerce en la juventud intelectual de todos los países de lengua castellana, mucho tendrá que escribir el futuro historiador de nuestra lírica”. De ese modo, Rubén y Menéndez Pelayo forman una “extraña pareja” transatlántica, instalada en un cruce de caminos por los cuales transitarán mucho después tanto el americanismo más radicalmente orgulloso de su conciencia y sus logros culturales (visibles en un Ángel Rama, por ejemplo, también estudioso de Rubén y el Modernismo) como el peninsularismo más agreste y desdeñoso. Por tanto, si añadimos un suplemento más de imaginación metafórica, ¿acaso no es reveladora de muchas contradicciones la relación entre Rubén y Menéndez Pelayo, entre la América Latina que se está modernizando y la España castiza? Resumiría la vinculación entre dos proyectos difícilmente compatibles desde el punto de vista cultural y que además han cruzado a la larga sus esfuerzos de modernidad en más de una ocasión sin lograr, salvo parcialmente, el ideal modernizador. ¿Acaso, insistimos, no es polivalente y sugestiva la imagen del vínculo entre el primer gran exponente, tal vez, de la autonomía literaria latinoamericana y el que fue a su vez el primer exponente de la heteronomía por la cual la legitimación española ha seguido funcionando, mejor o peor, con más capacidad de control o menos, al otro lado del océano?
Rubén y Menéndez Pelayo frente a Neruda y García Lorca. Tal vez es posible empezar a leer de otra manera los cruces transatlánticos, y por eso hemos pretendido en estas páginas iniciales hacer esta tímida propuesta de relectura de ese espacio común de las literaturas de lengua española a partir de modelos duales que resuman de algún modo los problemas. En ese sentido, como hemos señalado, Neruda y García Lorca ejemplifican, probablemente, un cierto equilibrio entre los sistemas. Pero Rubén y Menéndez Pelayo personifican, a pesar de la indiscutible mutua generosidad con la que se trataron, desajustes radicales que quizá aún hoy no han sido resueltos entre poder metropolitano y aspiraciones latinoamericanas. Hay en la dialéctica que forman sus identidades tan disímiles una imagen mucho más duradera y aguda de lo que tal vez ambos lados del océano estarían dispuestos a admitir. En ese sentido, podrían componer otro modelo lleno de significado para comprender la complejidad de la relación entre España y América Latina.