domingo, 23 de abril de 2017


LA IZQUIERDA Y EL NORTE

Los dos movimientos que en estos años han propuesto de una manera u otra la impugnación del Régimen del 78, surgidos ambos de una importante movilización popular y marcados por una aparente voluntad transformadora e incluso constituyente, se encuentran ahora en una situación de encrucijada que no invita precisamente al optimismo. En el caso del independentismo catalán, la obstinación es ya chulesca y se va tiñendo cada vez más de dogmatismo asfixiante y vulgar sedición. En el caso del 15-M, los autoproclamados herederos de su legado político se están enfrentando con poca pericia a las complejas exigencias que implica la incorporación al orden político liberal y parlamentario, y están perdiendo aceleradamente la iniciativa de que gozaron, con astucia que hay que reconocer, durante al menos un año o dos. En ese sentido, el espectáculo ofrecido en Vistalegre II (a lo que habría que sumar algunos otros ejemplos posteriores) no sólo mostró la dificultad de organizar una estrategia política real que encaje no en la calle sino en el parlamento; también mostró la peor cara de su narcisismo de generación LOGSE, sin que le puedan echar esta vez la culpa a los medios de comunicación de la oligarquía. En este caso, fue el propio placer infantil por la sobreexposición mediática el que ofreció una imagen general de inmadurez, descoordinación y lucha de egos.
En ambos movimientos ha pesado mucho, creo, una percepción ambiciosa pero irrealista de “la mayoría” a la que creen representar y defender. Los resultados electorales, en cambio, demuestran que el ideal moral de justicia social de la izquierda está lejos de ser mayoritario y que los impulsos transformadores más o menos sustanciales tienen límites evidentes. En todo caso lo único que crece es la respuesta nacionalista a los problemas, es decir, el repliegue egoísta, sea –mal que les pese a algunos la comparación- en versión anglosajona, francesa o catalana. En el fondo, no es de extrañar, teniendo en cuenta que la quimera de la globalización próspera y feliz cada día engaña menos, y que soluciones como el keynesianismo o las burbujas crediticias ilimitadas parecen ya gastadas, con lo que el capitalismo nos conduce una vez más a su intrínseco sálvese quien pueda.
Con todo, en el caso español, la posición de Unidos Podemos, aunque sea en sus niveles actuales, parece imprescindible desde la perspectiva de los que creemos en la necesidad de que haya algún freno a las interminables coacciones del gran capital y sus mafias corruptas para afectar a los intereses públicos. La disolución de Izquierda Unida en la nueva coalición, desgraciadamente, parece ya irreversible, para tranquilidad de Tania Sánchez, y poco o nada se puede esperar del PSOE, gane quien gane las primarias (ganará Cebrián, seguramente). Ahora bien, un partido con cinco millones de votantes debe afrontar la responsabilidad evidente que supone tener una oportunidad real de gobernar, aunque sea una oportunidad remota y siempre dentro de un pacto. Julio Anguita, por ejemplo, nunca llegó a esos niveles, ni en sus mejores tiempos, y por eso Felipe González pudo despreciar sus ofertas de pacto. A corto plazo, parece indiscutible que PSOE y Podemos, a pesar de que la distancia simbólica entre ambos se agranda cada día, están condenados a entenderse y a pactar porque ninguno podrá gobernar en solitario. Esa es la clave del futuro inmediato, aunque no sea fácil el arreglo. La victoria de la doctrina resistencialista de Iglesias frente al posibilismo de Errejón lo complica todo más, pero es difícil de creer que Iglesias pueda realmente ampliar mucho más su base social, aun contando con que el PSOE no haya tocado fondo, o que pueda justificar ante sus votantes (ante sus militantes, seguramente sí) que vale la pena seguir permitiendo por acción o por omisión más años de gobiernos como el del PP. Además, sea con razón o no, Iglesias genera adoración entre sus seguidores pero mucha antipatía y sobre todo miedo entre sus no votantes. Quizá Alberto Garzón encajaría mucho mejor en el papel de líder menos arrogante que Iglesias y menos vaporoso que Errejón. O Ada Colau, pero el hecho de ser catalana, no nos engañemos, le complica la proyección a nivel español.
Habrá que ceder y negociar, desde luego. La pregunta es hasta dónde. O para llegar a dónde. Y aquí es donde salen las dudas, porque la mercadotecnia podemita y su culto a la imagen (los significantes, frente a los significados) han mostrado su oquedad (demasiado cercana a ejemplos olvidables como el melindroso ecosocialismo), porque intentan como sea disimular hasta qué punto se han contagiado de los problemas reales de la izquierda europea, de su falta de norte, que ya ha hundido a la socialdemocracia una vez que ésta ha perdido su poder negociador ante la ausencia de un fantasma como el del comunismo. Quizá sea hora de asumir que mientras el centro del debate político esté en la numerología económica, la iniciativa la mantendrá el establishment neoliberal, porque su superioridad tecnocrática a la hora de hacer cuentas y su capacidad de intimidación han conseguido ya una derrota moral de la izquierda: que el ciudadano sea hoy más que nada un accionista de una empresa que es su nación, y que se comporte como tal, consciente o inconscientemente.
Algunas voces dicen que la renta básica universal es la única posibilidad que tiene la izquierda de recuperar hoy la iniciativa política con un proyecto ilusionante y moderadamente utópico en el terreno económico. Tengo muchas dudas sobre la viabilidad económica del proyecto, y más aún sobre su sostenibilidad política (imagínense las campañas de la prensa española que todos conocemos, sacando cada día testimonios de borrachos y drogadictos gozando de la renta básica), pero también es cierto que el prejuicio ante el experimento se asemeja bastante a esos prejuicios ante propuestas audaces como -precisamente- la legalización de las drogas. De cualquier modo, hacer verosímil la propuesta, situarla en el centro de la discusión, podría llenar de contenido el debate político más allá de otras propuestas que también pueden ser decisivas, como la salida del euro o incluso de la Unión Europea, tema crucial sobre el que en Podemos se habla muy poco, sin duda por estrategia. Si no se recupera el vigor programático con propuestas de alcance y no de mera propaganda televisiva o tuit, todo el esfuerzo de imaginación política se va a quedar en poco más que un relevo generacional sin llegar a ninguna transformación real. Nos libraremos de algunos corruptos, seguramente, pero seguiremos sin tener la iniciativa.

domingo, 9 de abril de 2017

CONFESIÓN /AUTOPSIA DE UN FILÓLOGO


Sé que no es dramático, pero la verdad es que tengo un problema: he de ponerme a investigar en serio y de manera urgente. La carrera académica no permite ya descansos y los buenos tiempos de la holgazanería universitaria se acabaron al menos en España, especialmente para los que ni siquiera hemos llegado aún a funcionarios. Debo ahora producir conocimiento y transferirlo a la sociedad, por lo que parece, y no sé muy bien cómo hacerlo. Lo de la innovación es todavía más grave: con lo que me ha costado tener alguna idea clara, ahora resulta que todo debe pasar y nada debe quedar, porque nada es lo bastante bueno como para merecer la preservación. O sea que hay que investigar y además saber cómo explicar de manera creativa lo que investigamos, para que los chavales estén contentos cuando les suban las matrículas.
En realidad, tuve ideas para investigar relativamente creativas hace años, en la fase ascendente, cuando España aún prometía progreso y yo aportaba lo que podía: el problema es que algunas de esas ideas, tal vez las más originales, me las pisaron otros que ni siquiera me conocían pero se pusieron las pilas antes; y las ideas que por fin pude llevar a cabo con cierto rigor, francamente, no le han interesado a nadie. Nadie me cita, nadie me lee (y poco ayuda tener un nombre tan vulgar, casi de líder fracasado del PSOE). Soy un científico de bajo nivel en el ámbito de los estudios literarios. Aunque el asunto es más profundo: creo que lo que me pasa es que tengo una crisis epistemológica. A ver cómo se cura eso. Se supone que leyendo, pero no tengo claro qué.
Los investigadores de los estudios literarios tienen poca tendencia a confesar sus miserias: hay que mantener el postureo pseudocientífico y no se puede ceder ni un milímetro, no sea que el Estado nos quite el pequeño paraguas protector de que aún disponemos, o que algún colega prestigioso nos humille públicamente con chulería estilo Paco Rico por tener dudas, que son indicio de falta de fe. Además, conservamos aún cierto orgullo ancestral de elite humanística e ilustrada (a pesar de que una y otra vez la realidad nos demuestra que las fantasías de una sociedad hiperculta no se cumplen ni siquiera con la tecnología más avanzada de la historia y con obras gratuitas), y por eso seguimos empeñados en preservar heroicamente legados culturales, en defender valores que creemos trascendentales y en soñar húmedamente con que nuestras prédicas salvarán algún día (¿cuántos siglos llevamos así?) las almas desorientadas. Será por eso también que este mundillo académico, cada vez más irrelevante en el conjunto de la sociedad, parece hiperactivo últimamente y todos están encantados de conocerse a sí mismos (iba a utilizar una frase tarantiniana muy famosa, pero me la guardo). Pero a mí cada día me cuesta más mantener el elemental grado de simulación que la farsa exige, y necesito desahogarme en este blog semiclandestino comportándome como aquel mago enmascarado y sacrílego que se atrevió a desmontar con todo detalle en un programa de televisión los trucos más habituales del mundo de la magia.
Lo cierto es que, ante la urgencia de recuperar mi alicaída productividad he recurrido a un brainstorming cervecero-heurístico para tomar una decisión inmediata. Se me han ocurrido las siguientes opciones:
Opción 1: rebuscar entre los trabajos de doctorado alguna basurilla inédita y esperar que el tema sea tan insignificante que los evaluadores anónimos de alguna revista sepan aún menos que yo del tema y lo acepten. Hoy todo vale, y juego con algunas ventajas: hay escritores como hormigas, y pocos latinoamericanos y menos aún los españoles saben de países que no son el suyo.
Opción 2: como es probable que esos ficheros estén en vetustos disquetes y sea imposible reciclarlos, mejor elijo algo rápido de eso que llamamos cultura –lo primero que se me ocurra, da igual-  y me pongo a divagar con apariencia de análisis sesudo y combativo para sacar alguna gran verdad que a nadie se le ha ocurrido nunca, como por ejemplo que hay ideología en el fútbol o en los museos o en los parques, o machismo en determinados espectáculos. Claro, como la estética es una convención reaccionaria y obsoleta, todos los objetos culturales, desde Los Morancos hasta el Alcoyano, son igual de valiosos porque pueden ayudarnos a comprender cómo funciona el poder y por tanto a liberarnos de todas las injusticias. No es de extrañar que el estructuralismo –tan frío, tan antihumano, tan tecnocrático- haya sido olvidado; es muy aburrido analizar obras si no sirve para fantasear con alguna redención política y descubrir la sopa de ajo de la opresión. “Necesitamos más Cultural Studies para impedir que vuelva a pasar lo de Trump”, he llegado a leer por ahí.
Opción 3: la intermedialidad es otra buena excusa, y ahí llevo algo de ventaja: yo sí me tragué Twin Peaks entera en su momento, e incluso me di cuenta de que todas las tomaduras de pelo de la obra. Ahora cierta vanguardia académica está descubriendo lo provechosas y virginales que son las hibridaciones entre medios audiovisuales y literatura y es enternecedor el modo en el que se dejan deslumbrar por el efecto literario de homenajear a las series de televisión estadounidenses. Como encuentre una novela que incluya a Sonny Crockett, tengo tema para diez artículos.
Opción 4: sí, ya sabemos que la inmanencia estética está en vías de extinción, y lo curioso es que la Escuela del Resentimiento que la atacaba parece cada vez menos resentida y más cómoda. Hay, sin embargo, un terreno, fuera de las cavernas de los mandarines intelectuales, donde aún parecen creer en la estética, increíblemente: se trata de los estudios sobre la literatura infantil. Los pedagogos son ahora mismo tal vez los más preocupados en encontrar como sea la función estética en alguna parte para poder demostrar que existe la literatura infantil, que hay literariedad en ella incluso desde lo que podríamos llamar su grado cero: “sana, sana, culito de rana”.
Opción 5: también podría dedicarme a algún novelista muy actual que no esté todavía consagrado y forjar una alianza estratégica con él (siguiendo el modelo Cercas-Gracia, mucho más eficiente que Vargas Llosa-Oviedo, por ejemplo). Pero es fundamental que su esperanza de vida no sea baja, para poder ir exprimiendo al máximo la autoridad con la que hablaría de él. Sin embargo, eso implicaría hacerle la pelota para ganarme su confianza y poder presumir de conocimiento de primera mano. Aunque en realidad el precio es más alto: ¡le estaría dedicando mi tiempo y mis energías a la competencia novelística, dándole capital simbólico que yo necesito para mí mismo! Está claro que solo puedo dedicarme ya a escritores muertos.
Opción 6: otra opción muy hispánica es ponerme empírico y empezar a exhumar y revisar epistolarios. Esa es una buena opción: podría llegar a salir en prensa para dar a conocer la utilidad social de la investigación, y a lo mejor me serviría para justificar una estancia en el extranjero, porque ahora que se digitalizan todos los fondos se está poniendo más difícil eso de las estancias. De hecho, lo de los epistolarios también se acabará pronto, porque a ver dentro de veinte años quién va a dedicarse a estudiar los miles de correos electrónicos de los escritores contemporáneos (¿acabaremos estudiando los chats?). Debo decir que he tenido siempre un escaso interés en ese tipo de documentos, salvo en algunos casos muy específicos, cuando el documento revela un misterio autorial o la intervención decisiva de una determinada fuerza en el trabajo literario. Que Rubén Darío y Amado Nervo compartieran reino interior, o que muchos grandes machos de la cultura mexicana salgan del armario, o que sepamos por fin los motivos de la pelea entre Gabo y Marito, o que encontremos la prueba de que tal héroe del antifranquismo estaba a sueldo de la CIA, me resulta algo así como dermatología literaria, puro chisme que obvia la gran frase del dr. House, que sería buen filólogo: todo el mundo miente. De todos modos, esta opción investigadora tiene sus ventajas: aunque no encuentre nunca un documento que demuestre quién es el autor de Lazarillo de Tormes, siempre puedo apostar por un nombre y repetirlo a todas horas con el argumento tan científico de “demuestra tú que yo no tengo razón”. Así lo ha hecho una exprofesora mía, y su entrada personal de la Wikipedia corrobora el incuestionable triunfo.
Opción 7: en caso de desesperación, puedo buscar algún modelo narrativo y procurar sistematizarlo en el ámbito de lengua española dejando claro desde el principio que la investigación es solo un punto de partida. Parece, sí, un proyecto demasiado ambicioso y extenso, pero siempre se pueden buscar atajos conceptuales. Por ejemplo, bastaría con redefinir la “novela rizomática” como aquella novela cuyo final no se entiende porque el novelista sabe que si la obra termina con un mensaje positivo el resultado será baboso y cursi, y si la termina con uno negativo venderá poco. Así puestos, mejor que no se cierre nada y todo se ramifique y disperse. Y en caso de que se complique demasiado mi búsqueda, siempre me quedará la metaliteratura, que es lo más fácil de analizar y lo que mejor refuerza la burbuja de nuestra ilusión académica. Total, ningún autor me desmentirá si encuentro un guiño culto en su obra.

No se podrá negar que planes no me faltan. Es cuestión de ponerse manos a la obra. Seguiré informando.

domingo, 26 de marzo de 2017

LOBEZNO HA VUELTO

(Pensaba leer y reseñar la novela de Javier Cercas, pero, francamente, prefiero dedicar mi tiempo a Lobezno.) 
Sí: como él mismo diría, Lobezno ha vuelto. Su séptima película como personaje protagonista le confirma como uno de los más destacados reclamos de la industria del ocio actual, que mueve millones de dólares por todo el mundo y genera una producción simbólica de innegables efectos globalizadores. Por ese motivo podríamos situarlo ya a la altura de James Tiberius Kirk, Mr. Spock, Batman, Superman, Spiderman, James Bond, Indiana Jones, Darth Vader y algunos más, personajes que forman un repertorio sin el cual es difícil comprender el poder actual de un determinado tipo de cultura, que, nacida de bases populares (a menudo juveniles y enfáticamente masculinas) e infravalorada durante mucho tiempo desde el punto de vista estético, sostiene ahora un enorme negocio franquiciado que aprovecha al máximo las posibilidades de la nueva sociedad tecnológica y que ha sabido captar a base de dólares a creadores que empezaron sus carreras con algo de riesgo (American Beauty, Memento, Usual Suspects, Cop Land). 
Quizás esté abusando de la comparación, pero en cierto modo el negocio certifica el ciclo ascendente de la presencia cultural de estos personajes, como el que tuvieron en su momento los héroes griegos, los artúricos y los de la literatura anglosajona decimonónica. Sí, ya sé que suena a blasfemia literaria y ramalazo pop, pero qué quieren que les diga, prefiero estos productos estadounidenses antes que a Alatriste (o Falcó). Y por mucho que los desdeñemos, su importancia socioeconómica e ideológica es hoy por hoy más notoria, lamentablemente, que la de Stephen Dedalus o Hans Castorp.
Pero tal vez lo más interesante desde el punto de vista narrativo sea el lento y consciente proceso de sublimación o como mínimo dignificación que la industria del cine ha llevado a cabo para conectar la nostalgia de los primeros consumidores de estos productos -la mayoría en edad madura hoy, pero dotados de suficiente poder adquisitivo- con las generaciones herederas, que no vivieron el nacimiento de esa cultura y que entran ya directamente en la nueva fase. No es una buena noticia para el lenguaje del cómic, que probablemente ya ha pasado su edad de oro, como la ópera en su momento, y que difícilmente sobrevivirá a las nuevas seducciones que ofrece el omnipresente mundo audiovisual.
Ese fenómeno de maduración realista es ya muy evidente en la película Logan: la presbicia de Lobezno y la senilidad imparable de Charles Xavier son muestras de un notorio esfuerzo de verosimilización de los héroes, y a ello se añaden algunos toques pedantones para espectadores que exigen algo más que saltos mareantes y cuchilladas: de ahí la referencia –demasiado subrayada, en mi opinión- a Raíces profundas e incluso el recurso tan literario de la mise en abyme, que también podemos encontrar en la película. Pero nada de esto hubiera funcionado igual si el personaje no tuviera unas bases sólidas desde hace más de treinta años; desde los tiempos en los que algunos ya nos esforzábamos por imaginar una posible adaptación cinematográfica del cómic y pensábamos que Sonny Landham (el Billy de Depredador) podía ser una buena opción. De hecho, ya en 1981, en el famoso "Days of The Future Past" (The Uncanny X-Men nº 141-142) se planteaba una distopía futura en la que aparecía un Lobezno canoso y decadente como líder de un movimiento de resistencia ante los robots exterminadores de mutantes (antes de Terminator, por cierto).
Lo curioso es que el atractivo de Lobezno es absolutamente imposible de encontrar en su primera aparición en cómic, allá por 1978, si no me equivoco, de la mano del guionista Len Wein, que lo enfrenta a Hulk como mercenario a sueldo del gobierno para atrapar al monstruo verde. Al año siguiente el cómic se tradujo al castellano, y pudimos conocer ya a Wolverine, primero como Lobato. Pero el personaje carecía de los rasgos que luego le han hecho popular; aparecía siempre enmascarado y ni siquiera se decía de él que era mutante ni canadiense ni que tenía el cuerpo velludo hasta casi la hipertricosis.
Su inclusión en los nuevos X-Men poco después tampoco parecía augurarle demasiado protagonismo futuro, pero, a diferencia de otros héroes que empezaron protagonizando su propia colección, Lobezno ha ido creciendo semánticamente y pasando de ser personaje plano a personaje redondo, por decirlo en términos básicos. No siempre ese tipo de experimentos salen bien, como podríamos ver hoy en la confusa y pretenciosa serie de televisión Legión, sobre el hijo de Charles Xavier. En el caso de Lobezno, la clave fue, como sabemos, la intervención del guionista inglés Chris Claremont, responsable también de otro de los giros psicológicos fundamentales en la historia del cómic de superhéroes: la conversión moral de Magneto (es Claremont el que convierte al personaje en víctima del nazismo para justificar su agresividad ideológica y su resentimiento).
Pero para conseguir que Lobezno empezara a brillar hubo que tomar algunas decisiones creativas. Por ejemplo, uno de los compañeros de esos nuevos hombres X era Ave de Trueno, un personaje tan telúrico y hosco como Lobezno. Consciente de que los dos personajes no cabían en el grupo, Claremont, antes de que los lectores se encariñen con él, mata a Ave de Trueno en el número 95, apenas iniciada la historia del nuevo grupo. No hace falta recordar lo difícil que es matar en un cómic de este género a un personaje y evitar la tentación comercial de resucitarlo más adelante. En este caso, esa muerte dejó el camino libre para que Lobezno pudiera exhibir progresivamente sus contradicciones entre agresividad exterior y riqueza interior, y a revelar misterios y puntos íntimos de vulnerabilidad por debajo de su esqueleto indestructible y su exceso de testosterona. En ese sentido, es decisivo el número 114, en el que un globo del personaje nos revela su amor absolutamente secreto por Jean Grey, a la que en ese momento cree muerta. Mucho más adelante, cuando Jean Grey enloquezca poseída por su demonio interior, Lobezno intentará matarla para salvar al mundo, pero vacilará fatalmente, por amor, a la hora de clavarle las garras. El final de esa saga ya lo conocemos: el hermoso e inolvidable suicidio de Jean Grey, pésimamente reconstruido en la versión cinematográfica.
La biografía de Lobezno se va enriqueciendo también con otros datos imprevistos: en el 118 tenemos el primer toque orientalista y conocemos ya algo de su pasado en Japón, y en los 120-121, vemos sus problemas con el gobierno canadiense, que le exige volver a trabajar para el Estado como arma militar. Por supuesto, Lobezno saca su vena libertaria y escapa del acoso del gobierno. Ese temperamento suyo anarcoide tiene otros momentos memorables, como en el número 129, en el que está a punto de pelearse con un quiosquero que le abronca por leer un ejemplar de Penthouse sin pagarlo.
La agresividad del personaje también tuvo que pasar un proceso de suavización para adaptarse a cierta corrección política: por eso, los mercenarios a los que destripa de forma implacable en el número 133 y que parecen haber muerto, reaparecen vivos (aunque mutilados y reconstruidos como ciborgs) tiempo después, evitando que la pulsión homicida de Lobezno sobrepase los límites morales y legales y deteriore su creciente ejemplaridad para los lectores. Es esa una función modelizadora que se fortalece a medida que Lobezno acapara liderazgo dentro del grupo de héroes y socializa mejor sin perder su identidad carismática. Adquiere tanto protagonismo que en el X-Men Annual nº 11, de 1987, llega a convertirse en Dios gracias a un objeto mágico, aunque, fiel a su individualismo, renuncia ni más ni menos que a la omnipotencia para seguir con su temporalidad humana de ser sufriente pero libre.

Visto así, no debe sorprender que tanto lector de cómics se haya encariñado desde entonces con un personaje solitario, atormentado y a la vez noble como es Lobezno. Su conflicto entre razón e instinto tiene más relieves y matices, es decir, es menos binario, que en Hulk; carece de ínfulas patrióticas como el Capitán América porque su clase son los oprimidos mutantes y en todo caso es más espartano que de otro lugar, y por suerte no es un asqueroso ricachón con mala conciencia como Bruce Wayne o Tony Stark, ni un bobalicón cutre como Peter Parker o un vulgar hombre de familia como Reed Richards. Ojalá no languidezca en refritos, reboots, secuelas y precuelas; sería duro tener que acabar detestando a un gruñón tan entrañable. Aunque difícilmente dejaremos de envidiarle las garras y algunos de sus usos.

domingo, 12 de marzo de 2017

SOBRE LO UNIVERSAL DEL SUFRAGIO


El independentismo catalán, empeñado desde hace años en que se le tome en serio, ha conseguido ya ese objetivo, pero se acerca a su encrucijada más seria, porque por la vía legal choca con el muro que ya conoció Ibarretxe en su momento. Nadie, sin embargo, quiere suicidarse políticamente siendo el primero en poner el freno, lo que significaría quedar estigmatizado para el futuro y sin placa en la plaza del pueblo. En ese contexto, la opción pragmática de seguir trabajando en la ampliación y persuasión de la base social a la espera de un contexto más apropiado (porque Rajoy, aunque a veces nos lo parezca, no será un presidente eterno) ha sido desechada, y la razón está en la ansiedad de los que temen que los vientos de la Historia diluyan el impulso actual y la espuma baje como ha sucedido con los vascos. Son los mismos que se dejan seducir por lo desconocido y que están ilusionados ante la perspectiva de un escenario sin precedentes en el que se imponga sencillamente quien demuestre más voluntad (es decir, más convicción; es decir, más fanatismo) y consume los hechos. Por si acaso, el laboratorio de ideas (de Rahola a Viver i Pi-Sunyer, pasando por sor Lucía Caram) busca soluciones imaginativas para ir un paso por delante del gobierno español, cosa que en cierto modo está consiguiendo, aunque lo que le sale son ideas a menudo aberrantes basadas en triquiñuelas secretas, juegos de trilero y dobleces fulleras, que pueden conducir al monumental disparate de declarar la independencia para convocar el referéndum para saber si el pueblo quiere la independencia. Por supuesto, en la lógica indepe, todo es perfectamente democrático, porque el demos está acotado y la mística voluntad del pueblo eterno es muy clara: según parece, una amplia mayoría (TV3 dirá pronto que es un 105%) quiere el referéndum. Lo quiere, parece ser, pero no está claro si lo necesita ya, hoy, de manera inmediata e insoslayable; en todo caso, también querría seguramente que el PIB estuviera repartido de otra manera, y no parece que en ese sentido se le haga mucho caso, ni desde Madrid ni desde la plaza Sant Jaume. ¿Es así como se quiere crear la nueva república? ¿Esa es la revolución de las sonrisas? ¿De eso se trataba todo? ¿De que la mitad más chillona gane a base de conchabanzas y a hurtadillas? ¿De dar por ganado el partido por la mínima sin haber siquiera salido al campo a jugar, como en los casos de forfait?
La deriva sediciosa del independentismo en esta legislatura está perjudicando su inicial legitimidad social, y ello se debe a la permanente provocación y el empecinamiento monotemático, tan bien resumido en el lema del derecho a decidir, una de sus mejores maniobras retóricas. Sin embargo, los que no estamos en esa parroquia pensamos que esto de votar es más serio de lo que parece y que requiere de algo más que entusiasmo dominguero. ¿El Brexit solucionó el problema o creó uno nuevo? ¿Acaso no les hubiera mejor a los escoceses independentistas si hubieran esperado algo más de tiempo antes de hacer su referéndum? ¿Realmente un hipotético referéndum catalán con un resultado hipotético pero no improbable de 51-49, en un sentido u otro, resolvería algo y justificaría tantas energías invertidas y un posible trauma histórico?
Imitando cierta frase de Homer Simpson, podríamos gritar: "viva la democracia, la causa y la solución de todos los problemas". Pero es que no acaba aquí el asunto: entiendo que Bertín Osborne no tenga ese derecho a decidir sobre Cataluña, pero ¿y en mi caso? Perdón por la autovictimización, pero yo nací en Barcelona, me eduqué en catalán, he vivido allí más de treinta años (pagando impuestos cuando tocaba) y si ahora resido en Sevilla –paraíso, demasiado a menudo, de cierta catalanofobia muy característica-, es básicamente por la endogamia de la Universitat de Barcelona, que me cerró tres o cuatro veces la puerta en las narices. Con esos antecedentes, ¿soy parte de ese pueblo catalán que busca la libertad que se le ha negado desde hace tres siglos? ¿Soy catalán porque me siento catalán, porque ontológicamente lo soy, porque lo quiero ser, porque lo debo ser, o simplemente lo fui y dejé de serlo en cuanto cambié de lugar de residencia? ¿Tengo, sea como sea, derecho a decidir? ¿Sobre qué, exactamente? Sé que hoy estoy abusando de las preguntas, pero es que ni siquiera tengo claro si son preguntas retóricas o no.
Mi caso es, por supuesto, un átomo insignificante de toda esta historia, pero a lo mejor no es tan irrelevante si hacemos algunos cálculos y recordamos que la delimitación del censo electoral podría ser decisiva en un caso de empate técnico como el que se vive ahora. No se trata, por tanto, de poner excusas para retrasar el problema a la espera de que se desinfle, sino de respetar la complejidad del problema, que no es poca.

Quién me iba a decir a mí que acabaría defendiendo la constitución que da privilegios eternos a los Borbones. Será la vulnerabilidad creciente que conllevan los años, pero lo cierto es que hoy prefiero la ciudadanía como protección individual antes que la identidad como hechizo romántico.

domingo, 22 de enero de 2017

PATRIA

¿La tenemos, por fin? ¿Tenemos la Gran Novela sobre el terrorismo vasco, sobre la cuestión política más grave y trágica de la España democrática? ¿Será que por fin la narrativa española empieza a encarar los problemas decisivos y a abandonar el perfil bajo con el que funcionó plácidamente en los tiempos felices del crecimiento económico y la alienación colectiva?
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Como mínimo, habría que decir que más de un escritor español (sea del tipo cipotudo, del anglófilo o del intelectualoide) debería tomar nota de algo que Patria revela y a la vez perpetúa: el vigente poder de la novela para explorar la auténtica jerarquía de los problemas sociales. Por eso no creo que sea muy arriesgado afirmar que esta novela de Fernando Aramburu va a convertirse en un jalón de la novelística española de la democracia. Aunque también es cierto que jalones ha habido muchos desde La verdad sobre el caso Savolta, e incluso Historias del Kronen y Nocilla Dream lo fueron, en cierto modo; y también es posible, en ese sentido, que el éxito de Patria sea un impacto comparable al que en su momento fue otra "novela del año", Soldados de Salamina, ante todo como problematización que busca un amplio rango lector, y que por tanto busca un nicho de mercado, especialmente ahora que la batalla vasca ya no es tan violenta ni en el terreno policial ni en el simbólico. Sin duda, Aramburu ha gozado por eso de una ventaja evidente y el tiempo le ha permitido evitar el linchamiento brutal que, por ejemplo, recibió el intento de ecuanimidad de Julio Medem con La pelota vasca. Por otro lado, el hecho de que incluso la siempre detestable Telecinco cree ya miniseries de tema vasco (inspiradas en una novela, digamos, de Rafael Vera, que seguramente escribirá mejor que Corcuera), aumenta la inquietud ante el posible advenimiento de múltiples productos artísticos oportunistas centrados en el terrorismo vasco.
En realidad, las condiciones de adaptabilidad de la novela de Aramburu –vivaz, dinámica, poco lírica y a veces muy transparente- permiten pensar que pronto la veremos traducida a imágenes. Pero no se puede objetar mucho más a la solución formal adoptada por el novelista: su realismo, apoyado en la versatilidad de la representación de los discursos mentales y orales de los personajes, es penetrante y luminoso, está lleno de delicias narrativas en forma de perfiles íntimos sufrientes y complejos y tiene un completo despliegue de relaciones de causa y efecto que explican el denso movimiento social de un espacio concreto y limitado sin necesidad de incurrir en los tópicos de la querella permanente sobre la cuestión vasca. Y no le falta imaginación estructural: convertir en núcleo de la novela no tanto el enigma de un crimen como la petición de perdón sobre un crimen es una audacia neopoliciaca arriesgada pero que funciona felizmente, en el límite justo, creo, de la contención sentimental y el mensaje redentorista.

Hay terrorismo y hay terror en esta novela, que expone sin concesiones la intensidad asfixiante y totalizadora de la violencia, e incluso describe la enorme fuerza social y también militar que ETA llegó a tener –no nos engañemos- en determinados momentos. Sin duda, el tribalismo feroz del mundo rural (con personajes viles como ese cura casi decimonónico) es registrado con minuciosidad, aunque esa concentración sociológica es al mismo tiempo fortaleza y debilidad del texto. Al haberse centrado en dos núcleos familiares rurales, la novela gana en emotividad (y en sentimentalismo, dirán algunos) pero carece de esa verticalidad necesaria para entender determinados mecanismos de poder (de un bando y del otro) que han sido fundamentales en la gestación, la intensificación y ahora la solución de la violencia. Esa verticalidad es la que, por ejemplo, tan bien supo rentabilizar literariamente Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, paradigma de novela sobre la corrupción moral de un periodo histórico ominoso (con personajes como el inolvidable Cayo Bermúdez). O la que más recientemente plantea otro peruano, Alonso Cueto, en la extraordinaria Grandes miradas, que afronta la terrible violencia de Estado en los tiempos de Fujimori atreviéndose a explorar en la ficción la interioridad despótica y miserable del mismísimo Vladimiro Montesinos. Desde esa perspectiva, como novela sobre el trauma histórico de la violencia, Patria funciona perfectamente dentro de la reflexión que permite su acotamiento sociológico. Habrá que ver qué novelista se decide a partir de ahora a completar la necesaria exploración elevando y diversificando el alcance crítico. 

domingo, 15 de enero de 2017

SITUACIÓN ACTUAL DE UN FANTASMA


El año que acaba de terminar ha sido bastante intenso en necrológicas de personajes célebres, lo que, en una sociedad tan ruidosa y fetichista como la de nuestro tiempo, ha provocado una epidemia de plañiderismo que amenaza con sustituir definitivamente la vela y la corona de flores por el lloriqueo virtual y exhibicionista en 140 caracteres. Pero junto a esta hipertrofia del duelo, hay otro problema creciente: la sociedad de la información –de la logorrea, más exactamente- tiende a atormentarnos cada día más convirtiendo el calendario en una tortura de sucesivas efemérides ideales para el bucle de la nadería disfrazada de análisis concienzudo y original. Me permito adelantarme a los hechos para advertir de algunas cosas que nos esperan este año y así poder callarme tranquilamente cuando llegue el momento: este otoño tenemos, por ejemplo, el centenario del triunfo de la Revolución Rusa y el cincuentenario de la muerte del Che Guevara.
Si finalmente se casa, este será así un año redondo para Vargas Llosa, y por supuesto para los predicadores del cebrianismo, porque no faltarán las miradas condescendientes de Cercas, Cruz, Savater y tantos otros (Torreblanca es el júnior subido a titular, ansioso por ganarse el puesto). Temo que el revisionismo anticomunista se vaya a desatar en sus diferentes variantes: desde la paternalista y pragmática hasta el ensañamiento estadístico con momentos gore sacados de Koba, el Temible o de El libro negro del comunismo. Simétricamente, no faltarán los nostálgicos desorientados que inundarán las redes sociales con la famosa fotografía de Alberto Korda al Che sin darse cuenta, por ejemplo, de que esa imagen icónica anticipó la triste conversión de Pessoa o Kafka en merchandising turístico de Lisboa o Praga. Mientras, en España, Podemos, con su asepsia característica y su adanismo resultón y fotogénico, pasará de puntillas sobre el tema, tratando de no enlodarse en el siempre incómodo anticapitalismo, con el cual, como bien saben, difícilmente se va a llegar al poder en una sociedad capitalista. Por eso, Pablo Iglesias parece saber de Gramsci, pero cuando quiere decir cosas claras e importantes para la transformación social recurre a Twin Peaks, como en un ridículo vídeo que intenta hacer pasar por iconoclasta y que confirma los malos augurios para la lluvia de ideas en Vistalegre 2. Porque una cosa es evitar el paleocomunismo y renovar el discurso crítico, y otra cosa muy distinta es dulcificar el mensaje eludiendo el debate central sobre el verdadero margen de acción política en la era del capitalismo global: en pocas palabras, evitando decir si Podemos cree en la generación de la riqueza o en la redistribución de la misma. Eso sí, peor lo tiene, por supuesto, el Partido Comunista de España, disuelto ya, quizá de manera irremediable, en la nueva gaseosa izquierdista. No se sabe qué es peor: que lance ahora gritos cavernarios al estilo Francisco Frutos o que permanezca en silencio dejando que el lenguaje marxista siga su deriva arcaizante, idónea para las nuevas generaciones que creen que el muro de Berlín estaba en América.

Seamos claros: el socialismo real fracasó. Pero eso no significa, pongamos, que ahora sean buenas las películas de Rambo. Y sobre todo, no invalida la necesidad de mantener una crítica implacable al capitalismo, crítica que es imposible si se prescinde del utillaje de herencia marxista. La reducción cuantitativa de la lucha armada a nivel mundial es sin duda una buena noticia, pero el ajuste de cuentas con la violencia revolucionaria y el mesianismo o la concepción foquista de la Revolución corre hoy el riesgo de convertirse en una apología permanente de la Arcadia neoliberal y de las bondades de la plusvalía. Además, la mitificación del Che Guevara puede resultarnos hoy cándida o pavorosa, según se mire, pero el proceso simbólico es más complejo de lo que parece ahora y no se puede resumir, desde luego, en una camiseta. Bastaría recordar que la figura de Guevara en su momento generó homenajes literarios de autores tan diversos como Julio Cortázar, Ernesto Sabato o Max Aub. Pero no es eso lo más importante, en realidad, porque incluso Neruda dijo vergonzosas palabras sobre Stalin. La valoración histórica de Guevara (o de Lenin) debe ser ponderada, sin omitir, por supuesto, la dimensión trágica y violenta del personaje, pero también sin incurrir en ese tipo de autopsia maniquea que olvida interesadamente otras genealogías de la violencia y de la opresión. Es un buen ejercicio de historia contar cuántos países en el mundo podían presumir de democracia en los años sesenta del siglo XX; incluso en las propias democracias liberales más estables fueron necesarias figuras como la de Luther King. Por cierto, por ahí se acerca otra efeméride: su asesinato, sobre el que hablaremos, pero ya el año que viene.

domingo, 18 de diciembre de 2016

ALMA MATER (II)

Hace unos meses dediqué una entrada a comentar brevemente la situación de la universidad española, pero temo que la magnitud del problema me obligará a convertir esa entrada en la primera de una larga serie. De hecho, yo diría que la reflexión sobre el tema es importante no sólo para los lectores que pertenezcan a mi gremio, sino también para todos aquellos ciudadanos preocupados por los ataques constantes al sector público español por parte de los defensores de la utopía neoliberal.
En ese sentido, dos noticias de las últimas semanas son especialmente relevantes y es conveniente ponerlas en relación aunque aparentemente estén desconectadas. Por un lado, tenemos el descubrimiento del bochornoso currículum plagiador del rector de la Universidad Rey Juan Carlos, que ofrece pocas dudas científicas, por mucha presunción de inocencia que se quiera plantear cautelarmente, y que se agrava todavía más por la patética resistencia del sujeto a dejar su poltrona. No creo que sea el único caso en un futuro próximo: la creciente digitalización de fondos bibliográficos sacará los colores a más de uno/a que aprovechó la vieja cultura analógica para apañar publicaciones copiando de textos añejos o recónditos que creyó que serían eternamente de difícil acceso. Por ese motivo hay que entender que la compulsión plagiadora del rector es más que un hecho constatable: es también la sinécdoque de toda una estructura de poder académico opuesta por principio de Peter a la meritocracia intelectual y que explica en buena medida la instauración de la mediocridad y el nepotismo como normas generales de la universidad española durante décadas. Los rectores españoles, como otras tantas instituciones españolas de la democracia, han gozado genéricamente de una cierta inmunidad que les ha permitido llevar a la práctica sus modelos feudales y crear una clase social de auténticos privilegiados que en ocasiones (lo sé porque lo he visto) no pasan de trabajar una docena de horas a la semana. Digo una docena en total (incluyendo preparación de clases y, ejem, investigación).
Sin embargo, la denuncia de los evidentes privilegios de que ha gozado durante décadas una parte del profesorado universitario español no puede llevarnos a ser indiferentes ante las nuevas medidas neoliberales de ataque a la universidad pública, que ya hace tiempo muchos veníamos intuyendo aunque se han cocinado lenta y discretamente, y que se suman a las aplicadas, por imperativos tecnocráticos europeos, en otras áreas esenciales del Estado. Porque la otra noticia reciente a la que me refería es la publicación de los nuevos requisitos para acceder a los puestos de profesorado universitario funcionario: la Agencia Nacional de Evaluación y Calidad de la Acreditación ha subido notoriamente los niveles de exigencia de las acreditaciones previas que permiten presentarse a cualquier oposición a profesor titular. Aclaro que a mí personalmente no me afecta, pero lo cierto es que yo mismo no cumpliría hoy (después de quince años de experiencia posdoctoral) los criterios, y temo que muchos catedráticos (incluso de los buenos) tampoco. No voy a extenderme en detalles técnicos, pero algunos de los criterios parecen más ambiciosos que los de los tenure de Estados Unidos y son de difícil cumplimiento en áreas donde los posgrados son escasos o donde apenas hay recursos para la investigación y el calendario académico es tan exigente que impide cualquier estancia en centros de investigación internacionales.

Evidentemente, la competitividad universitaria es ineludible desde una perspectiva científica, y, por tanto, es razonable elevar el nivel para seleccionar y motivar óptimamente el talento académico. El primer problema es que el aumento de exigencia y la búsqueda de “excelencia” obligará a trabajar arduamente como docente y como investigador (es decir, en dos facetas cada vez más separadas logística e intelectualmente) sin que eso suponga, en principio, una mejora en los salarios. Pero el asunto es bastante más grave y profundo desde una perspectiva socioeconómica: la inversión durante años (los de vacas gordas) en formación predoctoral y posdoctoral en España ha creado una masa de investigadores y profesores que el sistema ya no puede absorber, porque el sector público debe ajustar sus gastos y hay que minimizar en todos los sentidos el funcionariado, que al parecer vive demasiado confortablemente y es poco productivo sin la sensación de un buen látigo neoliberal sobre la espalda. Por eso, esta situación de atasco es ideal para aplicar medidas implacables que, con la excusa de la necesidad de subir el nivel científico, logren una precarización evidente de investigadores y docentes ahorrando gastos y la vez manteniendo al personal joven con la espada de Damocles del despido o el recorte. Desde esa perspectiva, la carrera académica en España, que hace décadas era comodísima para algunos gracias al enchufismo salvaje, empieza a volverse enormemente complicada y desmotivadora. No hace falta pensar mucho para prever el futuro inmediato: muchos investigadores se irán al extranjero y no será raro que al final quienes entren en el sistema académico sean aquellos que, desde una posición económica familiar más desahogada, se puedan permitir el ejercicio de la paciencia. Con este panorama de colapso universitario, noticias como la desfachatez de algunos altos cargos académicos son especialmente irritantes porque confirman que el reajuste del sistema universitario se va a hacer al revés de como debería ser y, como tantas otras veces, ensañándose con el más débil.

domingo, 11 de diciembre de 2016

 SIMONE

Perezosamente, intento superar mis desfases en el conocimiento de la literatura latinoamericana actual aproximándome a obras que posean algún tipo de aval no demasiado contaminado de mercantilismo; en otras palabras, que no tengan faja con citas de críticos a la violeta y datos borreguiles de ventas. Por esas precauciones, y también por las restricciones de una presbicia desbocada, he llegado tardíamente a la novela ganadora del premio Rómulo Gallegos de 2013, Simone, del puertorriqueño Eduardo Lalo, que he leído en la edición argentina pero que, por lo que he descubierto, acaba de ser publicada en España. Para lectores no especialistas, hay que decir que el Rómulo Gallegos sí es un premio literario de verdad, muy a menudo irrefutable y casi siempre –como en el caso de la edición de 2013- respetable.
SIMONE (NOVELA): LALO, EDUARDO

Ignoro si el premio tuvo algo de cuota geopolítica al premiar a una de las literaturas nacionales menos conocidas a nivel hispánico. De cualquier modo, la novela compone algo así como un paradigma de la frustración literaria del escritor puertorriqueño contemporáneo, burocratizado por el pro pane lucrando de la vida universitaria, mortificado por el infantilismo de la sociedad de consumo, pero sobre todo irritado porque ese tipo de agravios son especialmente difíciles de sobrellevar en los países no hegemónicos y aún más en los que tienen todavía traumas coloniales, como es el caso de Puerto Rico. Descapitalizado simbólica y económicamente, el narrador sin nombre pero nada lejano del propio autor trata de sublimar su alienación analizando la multiforme realidad urbana de San Juan y cotejando su autocastigo con las diversas formas de la lobotomía colectiva. Un amor misterioso –no digo más- alterará las leyes de ese movimiento rutinario.
En ese sentido, la novela formaría parte del excedente de textos metaliterarios y autoficcionales con los que a menudo el escritor actual –es posible que yo mismo lo haya hecho alguna vez- trata de compensar su miopía sociológica y su inseguridad política con el ensimismamiento crítico y autocrítico y algún toque pseudopolicial de enigmas semióticos y misterios textuales. A Lalo le salva, desde luego, la virtud de su prosa, porque parece que se maneja mejor en la dicción que en la ficción, y en ese punto los resultados son ejemplares, como corresponde a un autor que también es poeta y aforista. Hay otro aspecto interesante, y más novedoso, que es el contenido orientalista, en concreto chino, que tal vez sea algo así como un yacimiento literario del nuevo siglo, acorde con la creciente importancia mundial de ese país, y sobre el que habrá que pensar con calma pronto.
Pero mi mayor placer lector con esta novela no deriva de esos esfuerzos, sino del evidente ajuste de cuentas con el que Lalo se despacha en la parte final de la novela, en la que el resentimiento literario se desata y explaya, gozosamente para él y para lectores como yo, contra la pinza terrible que hoy forman el sistema universitario estadounidense y la industria editorial española, dos focos de poder y codicia para el escritor puertorriqueño (pero también de otros muchos países) ante los cuales la resistencia es cada día menor. Lalo ridiculiza y caricaturiza la fatuidad del profesorado hechizado por el posestructuralismo más vacuo y por la tentación del mandarinato, pero es aún más vengativo con el sistema literario español, que resume en la figura de un personaje llamado Juan Rafael García Pardo que parece la quintaesencia del escritor español consagrado por la euroeconomía: arcaico que finge apertura de miras, paternalista y a la vez ignorante hacia lo latinoamericano, condescendiente hasta la náusea, indulgente con un mercado que acepta en virtud de un concepto perverso de democracia, servil con el poder y carente de todo riesgo creativo o existencial. No queda clara la alusión á-clef, pero no costaría demasiado desmontar el retrato robot a partir del canon de la literatura española de la democracia.
Es cierto que el desahogo de Lalo no es precisamente sutil y que a la diatriba se le ven mucho las costuras narrativas, pero esa toma de posición hostil me parece ante todo oportuna frente a la tiñosa mojigatería de tanto escritor o crítico español socialdemócrata de boquilla y neoliberal a la hora de cobrar, y en general frente al capitalismo cultural español, tan prepotente y fanfarrón. Que un escritor latinoamericano se sume a la necesaria impugnación del sistema de poder literario que en España nos ha intoxicado durante décadas gracias, especialmente, al holding de PRISA y al catetismo ilustrado de las universidades españolas, es más que una reacción defensiva de escritor celópata: significa una coincidencia feliz con la labor que desde este lado del océano se está llevando a cabo para desarticular el cuento de hadas de la cultura de la democracia. Ya está bien de jactancia triunfalista por una cultura domesticada de escritores que hacen publicidad para bancos y jamás critican los oligopolios, pero que se escandalizan ante el horrible populismo; una cultura que ha consagrado obras fungibles, ha repartido prebendas y lujos fomentando egos –véase a modo de ejemplo el grotesco espectáculo reciente de Rico vs. Pérez-Reverte-, y que ha promovido con todo el cinismo una hipotética superioridad del libre mercado sobre cualquier racionalización del valor estético. 
Muchos escritores latinoamericanos, tentados comprensiblemente por el poder editorial español, han aceptado las condiciones del mercado, muy a menudo neocoloniales; me alegra comprobar que alguno rompe con la ancestral cortesía latinoamericana y se atreve al menos a hablar del nuevo traje del emperador, aunque sea con excesos epatantes y algo de maximalismo: "cuando murió Franco y se estableció la democracia (...) la literatura española no pudo continuar justificando sus minusvalías y ya no pudo seguir sobrevalorándose a partir de la política de sus autores (...) En una generación, ante el vacío conceptual que creó el fin del franquismo, la literatura española no ha hecho otra cosa que hundirse y mostrar a esa supuesta cultura hispánica su nulidad" (p. 189).
Ojalá cunda el ejemplo.

(Nota para suspicaces: la edición española es de Fórcola, no de Random House o equivalentes.)

domingo, 4 de diciembre de 2016

SAUDADE

Dudo mucho que acabe yo cediendo a la tentación, tan vulgar hoy, de escribir novelas sobre personajes o acontecimientos reales para tratar de vender en las tiendas de los aeropuertos sin forzar mucho la imaginación, pero si así fuera se me ocurren algunos nombres interesantes precisamente porque ya no interesan a casi nadie. Uno de los que más me fascina, por remoto y tenaz, es el filósofo marxista húngaro Georg Lukács.
Acabo de leer la transcripción de un debate radiofónico de 1969 en el que Lukács, desde Budapest, se reencuentra, cincuenta años después, con su antiguo discípulo Arnold Hauser, autor de la famosa Historia social de la literatura y del arte, que habla desde Londres, donde lleva viviendo muchos años. Por supuesto, ha sucedido muchísimo en ese tiempo de separación: Hauser, por ejemplo, pasó diez años haciendo de chico para todo en una oficina de la ciudad inglesa para sobrevivir y Lukács tuvo sus problemas (¡él!) con la ortodoxia soviética. Hauser tiene 77 años y Lukács 84. Pero la conversación termina así:
Lukács: (…) y por lo que se refiere a nuestra discusión quisiera hacer una última pregunta. En Occidente ha surgido últimamente el término “pluralismo” –a mi parecer desprovisto de todo sentido-. La verdad, sin embargo, siempre se da únicamente en el singular.
Hauser: Al menos dentro de las ideologías individuales.
Lukács: Por otro lado, aquí existe el prejuicio de que la verdad se puede determinar de un golpe y literalmente en virtud de la decisión de cualquier institución; un prejuicio tan peligroso como el pluralismo. La verdad es lo que tenemos que reanimar y resucitar mediante el marxismo. Habrá que resolverlo en extensas polémicas; aunque discutamos por una cuestión durante treinta años, el resultado será, al fin y al cabo, solamente una verdad.
Hauser: Y de todas formas a tal verdad solo se llega después de haber transformado la sociedad.
Lukács: ¡Exacto!
Hauser: Seguramente no se puede cambiar primero una cosa particular y en consecuencia, después, la sociedad. No se puede encaminar un nuevo arte sin haber pensado anteriormente en la transformación del camino. Ese es el núcleo del problema, la esencia de nuestro proyecto.
Lukács: Puede ser con seguridad la base de una colaboración plena de discusiones.
(Arnold Hauser, Conversaciones con Lukács, Madrid, Guadarrama, 1978, p. 22. Cursiva del autor)
¿Es tierno o es monstruoso? ¿Es absolutamente anacrónico o tiene algo así como una vigencia oblicua?


Por cierto, dicen que ha muerto Fidel Castro.

domingo, 27 de noviembre de 2016

NUEVA DIALÉCTICA DEL MIEDO

Hoy en día cualquier preocupación se vuelve fácilmente multitudinaria, por la multiplicación inmediata del discurso, y en ese sentido no faltan los ruidosos que auguran un porvenir mundial ennegrecido por el neofascismo básicamente xenófobo y hasta presienten la llegada de una nueva Edad Media que revierta el camino racional moderno. Sin necesidad de ser apocalíptico y por tanto demasiado estridente, lo cierto es que Trump, el brexit, la amenaza lepenista y la indulgencia en España con la corrupción sistémica serían ejemplos coetáneos de una reacción conservadora que aúna de forma terrible legitimidad democrática e irracionalismo, poniendo contra las cuerdas y desconcertando a los diferentes impulsores del cambio sociopolítico, que no acaban de coincidir en el programa de acción de una hipotética agenda emancipatoria que ya no se sabe si ha de ser global, local o glocal.
Por supuesto, lo más fácil es recurrir a la denuncia de la ignorancia colectiva, de la insuficiencia educativa y la toxicidad de los medios hegemónicos. Pero las viejas teorías sobre la alienación parecen no ser tan útiles ya en la “sociedad del conocimiento”, que tantos apologetas optimistas e interesados defienden hoy en día. Esos mismos cándidos que se entusiasmaron con la Primavera Árabe y la función de las redes sociales en los acontecimientos, ahora deberían replantearse hasta qué punto los albores de esa nueva sociedad sólo están facilitando una obesidad mórbida de la cultura, en la que los discursos complejos se fragmentan y comprimen sólo para acabar cediendo ante viralidades que muchas veces son precisamente eso: patologías de la razón atontada.
Del mismo modo, el debilitamiento del proyecto europeo, con evidencias como la crisis de los refugiados, está poniendo de manifiesto la vanagloria de una fantasía de capitalismo humanizado y redentor que supuestamente iba a devolver a Europa la grandeza de sus mejores momentos de progreso (sus pocos momentos, en realidad). Pero sabemos, a pesar de tanta propaganda, que nada de eso es ni será sostenible en un mundo de competencia brutal e interminable, y en ese sentido tampoco debe extrañar que la ciudadanía adopte ciertas actitudes de resistencia que a algunos (pongamos de izquierdas) nos parecen irracionales y egoístas, pero que responden al miedo comprensible a una globalización amenazante en la que la opulencia prometida no llega y en la que algunos hacen concesiones y sacrificios pero otros no. Sí, la insolidaridad de los nuevos tiempos es penosa, pero la agotadora carrera de la competencia capitalista también lo es, y no parece que todo el mundo esté igual de ilusionado ante la incertidumbre de un mundo futuro basado en dogmas cada vez más opresivos, como el maldito culto a la "innovación" -o a la "calidad"-, que ofrecerá progreso (en según qué aspectos), pero a costa de un cansancio infinito.

En este caso, el miedo no es excusa, pero sí es causa. Algunos políticos saben manejar y aprovechar ese miedo, y nada más fácil para ello que carecer de categorías solidarias útiles, como lo fue (y debería seguirlo siendo) la de clase trabajadora, en la que nadie parece querer reconocerse ya. Así nos va.

domingo, 20 de noviembre de 2016

EL EJE DEL MAL

¿Qué se puede añadir sobre el tema global del año, la inquietante victoria en Estados Unidos de esa versión anaranjada de Jesús Gil? La inundación logorreica de chistes y análisis de todo tipo deja a estas alturas poco espacio para la originalidad y casi condena cualquier nuevo esfuerzo intelectual o simplemente retórico. El miércoles pensé empezar esta entrada augurando más absurdos, como un premio Nobel para Trump  -de la paz o de literatura, cualquier cosa es hoy posible- y ese mismo día ya alguien de muy poco talento me pisó la idea. Quizá habría que replantearse de nuevo la función estratégica del silencio en un mundo hipertrofiado de voces, pero la tentación narcisista de opinar es a veces invencible.
El resultado electoral es, desde luego, peligroso en muchos sentidos y, sobre todo, supone una gran decepción desde la perspectiva de la razón digamos ilustrada, pero también habría que templar algunas percepciones a la espera de los acontecimientos que han de venir. El fracaso de las encuestas, en cambio, es menos sorprendente de lo que parece en sociedades cada vez más caóticas y confusas, que mezclan la ansiedad y la improvisación de forma impredecible. No sé quién se extraña de que el poder de las encuestas se cortocircuite por culpa de la arrogancia que sustenta esos sistemas y que está llegando a extremos de saturación. Yo mismo estoy esperando que me llame Metroscopia algún día para decir exactamente lo contrario de lo que pienso y así contribuir al fracaso de esas encuestas tan cansinas como tóxicas.
De todos modos, aunque haya evidentes motivos para la indignación mundial, quizá esa indignación de ahora es en muchos sentidos curiosamente simétrica a la ingenua euforia generada por el triunfo de Obama, y es posible que ambos sentimientos sean igual de hiperbólicos. Al fin y al cabo, podría decirse que los estadounidenses, en su volubilidad, sólo han cambiado el juguete de marca Obama por el juguete de marca Trump. Para la progresía adoradora de Michael Moore (a ambos lados del océano), puede ser inconcebible y aberrante, aunque seguramente se rieron cuando Trump fue anfitrión de su celebrado Saturday Night Live. Pero lo cierto es que no entendieron en su momento la segunda victoria de Bush, y olvidan que, de no haber nacido en Austria, quizá Schwarzenegger hubiera ocupado también la Casa Blanca. Por ello, se escandalizaron en esta campaña con algunas declaraciones de su sabio de referencia, el ubicuo Zizek, y se olvidaron de pensar, entre otras cosas, en la comprensible irritación que produce que Beyoncé y tantos glamourosos también millonarios y más guapos que Trump defiendan a Hillary Clinton (o Klingon). Algo parecido, por cierto, a lo que pasó en España con el nefasto sindicato de “la ceja”.
En especial, la pseudoizquierda de las burbujas universitarias, acostumbrada a hablarse siempre a sí misma y a lavar su mala conciencia arielista con sus aburridos estudios culturales, ahora se rasga las vestiduras, asustada al comprobar la insignificancia de sus heroicos esfuerzos frente a la tiranía numerocrática y la pereza mental de la sociedad de consumo. Tampoco es muy distinto de lo que ha pasado en España, donde también se han magnificado respuestas como el 15-M que luego han sido rebajadas por los datos electorales. Parece evidente que algo falla en la razón democrática y que el conservadurismo (con su dosis evidente de egoísmo e ignorancia) resiste y aun se fortifica internacionalmente. Tanto el diagnóstico como la solución del problema están lejos de ser fáciles, desde luego, porque implican ante todo asumir muchos fracasos intelectuales y sociales frente a la cruda realidad de eso que hay que seguir llamando “las masas”.

Veremos si Trump acaba siendo peor que el presidente de La zona muerta o el de House of Cards. Se avecinan tiempos difíciles, seguro. Pero cuándo no ha sido así.

lunes, 14 de noviembre de 2016

ALMA MATER

En uno de los últimos días de su carrera, el campeón del mundo de ciclismo en ruta y ganador de una Vuelta a España Abraham Olano llegó agotado y desmotivado en el grupo de los últimos, y un periodista se apresuró a preguntarle si un campeón como él se sentía humillado de llegar con los colistas. El ciclista, que había apuntado ni más ni menos que a sucesor de Induráin, respondió algo como esto: “bueno, al fin y al cabo el último en llegar a la meta es el que ha pasado más tiempo esforzándose sobre la bicicleta, y eso también tiene su mérito”. Seguramente era la mejor respuesta para un mal día, y para una pregunta con mala fe.
La cultura depredadora de la competición en la que vivimos es profundamente arbitraria, y en la mayoría de los casos no sirve para nada el fair play de “lo importante es participar”, puesto que lo importante es generar la mayor ansiedad posible y machacar al perdedor, obviando el dato nada menor de que siempre alguien será el último. En estos tiempos, la obsesión medidora y tecnocrática está expandiéndose a los rankings educativos, generando una presión que debería ser positiva pero que, aparte de generar nuevas formas de estrés, corre el riesgo de crear otros órganos de poder que serían esas “agencias de calificación” del mundo universitario, cuyos criterios, aunque valiosos, no son infalibles. Así, por ejemplo, el famoso ranking de Shanghai privilegia la presencia de premios Nobel como alumnos o profesores (lo que está muy bien, pero beneficia objetivamente el rendimiento a corto plazo de las universidades dominantes, porque un premio Nobel no se consigue de la noche a la mañana), así como las publicaciones en revistas hegemónicas como Nature o Science, cuyo creciente poder tampoco está libre de sospecha (yo soy de letras y tengo poco criterio en el tema, pero alguno de ciencias ya lo ha señalado).
Los medios de comunicación empiezan ahora a prestar atención a los resultados anuales de esos rankings, que constituyen noticias jugosas y muy propicias para la chulería o el catastrofismo. En el caso español, después de demasiados años de bochornoso desinterés en el tema, se está consolidando y publicitando por fin la idea de que las universidades españolas están lejos del liderazgo internacional. La idea es indiscutible, desde luego, y no me dejaré llevar por el corporativismo para negar la evidencia, entre otras cosas porque tengo, aunque sea de manera atomizada, parte de responsabilidad. Los diferentes rankings pueden ser polémicos y cuestionables, pero sea cual sea la metodología coinciden básicamente en sus conclusiones: ninguna universidad española está, como mínimo, entre las cien mejores del mundo y pocas entre las quinientas. Por supuesto, siempre hay quien está peor, y no hay que olvidarlo: véase lo que ha sucedido en México, donde el mismísimo presidente de la República tiene un título académico de una triste universidad obtenido con una tesis plagiada casi en un tercio (y no dimite). Y también es cierto, según se explica aquí, que algunos indicadores no sitúan tan mal la producción investigadora española a nivel europeo (en ese sentido, el sistema estadounidense es como la NBA).
La verdad es que no necesitamos ningún ranking para detectar problemas que conoce cualquiera que forme parte del sistema académico español -otra cosa es que quiera admitirlo-. A diferencia, por ejemplo, de la sanidad pública, la universidad tiene un bajo nivel de prestigio para los propios españoles y eso se debe en buena medida a que, como institución, en muchos aspectos se ha modernizado desde el franquismo menos que el ejército. Además, ante el aumento evidente de la presión mediática por la imposibilidad de evitar las comparaciones, las universidades han respondido con lavados de imagen bastante arteros, como el programa Campus de Excelencia Internacional, que, exagerando un poco, vendría a ser algo así como si yo declarara mi piso de alquiler Patrimonio de la Humanidad o mi madre me nombrara Míster Universo.
Abundan las interpretaciones sobre las causas de esta situación. Podría decirse que buena parte del problema es presupuestario, y sin duda es así, aunque es significativo que en estos años de crisis las universidades españolas mantengan más o menos las mismas posiciones cuando las condiciones de trabajo han empeorado objetivamente: congelación de salarios, falta de incentivos y de promoción, recortes en ayudas a investigación, precarización de los jóvenes investigadores, aumento de carga docente, etc. Lo que nos lleva a un factor más endógeno, que en realidad es el decisivo, aunque por suerte parece que está remitiendo. Y ese factor no es otro que la célebre endogamia, peste que ha corroído el sistema universitario español desde hace décadas y que aún sigue ejerciendo su influencia deletérea.
Los niveles de perversidad y prevaricación disimulada que ha alcanzado la endogamia en España son bastante conocidos, y yo podría imitar la melancolía del androide moribundo de Blade Runner: “he visto…” . Pero combatir el problema no es fácil, entre otras cosas por la permisividad vergonzosa de los ilustrísimos y excelentísimos rectores, que han amparado el vasallaje neofeudal con la excusa de una lectura maliciosa del concepto de autonomía universitaria. Así, desde los años ochenta del pasado siglo (el proceso está bien explicado aquí), las universidades españolas se poblaron de una caterva de haraganes fatuos que, lejos, de romper con la bajeza de la universidad franquista, han perpetuado el servilismo más descarado, el derecho de pernada y el dedazo, casi siempre con un evidente tono falocéntrico. Hablamos de un perfil típico: profesor/a que ha hecho la licenciatura y el doctorado en la universidad en la que ahora trabaja; que carece de experiencia internacional y a menudo ni sabe inglés; que aduló indignamente al poderoso en su momento y consiguió meter el pie en el departamento, por delante de otros con tantos méritos o más; que fabricó su currículum publicando en la revista y en la editorial de la misma universidad, y que ha hecho todo tipo de triquiñuelas para simular un currículum más amplio (autoplagios, refritos, etc.); que finalmente ganó una oposición sin oposición, siendo el único candidato y con una plaza descaradamente orientada a su perfil, independientemente de las necesidades docentes o investigadoras de la universidad; y que con el tiempo olvida el estigma de su enchufe y sobreactúa quejándose de lo mal que están las cosas, exacerbando su vanidad y perpetuando el sistema a la hora de ejercer el poder que siempre estuvo deseando tener.
Por suerte, algunas cosas están cambiando, entre otras cosas porque en el contexto europeo ya no se pueden tapar todas las vergüenzas. Por ejemplo, la creación en 2007 de la Agencia Nacional de Evaluación y Calidad de la Acreditación (la odiada ANECA) ha impuesto unos estándares mínimos que le dan algo de objetividad a los procedimientos de contratación y ponen algo más difícil el amiguismo, aunque no lo han borrado del todo. El sistema es, desde luego, mejorable, sobre todo por su burocratización y por el énfasis en la cantidad más que en la calidad, pero al menos ha servido para poner un cierto límite al descaro de décadas de nepotismo. No obstante, la brutal competencia académica actual, entre otras cosas, está obligando a muchos jóvenes a “sobrepublicar”, con lo cual aparecen nuevas modalidades del problema; y a ello habría que añadir otros muchos peligros. Pienso en la campaña periodística de crítica a la universidad española, que puede esconder un interés espurio: renovar el sistema, sí, pero para aplicar criterios de rentabilidad empresarial y orientar la competitividad en un sentido estrictamente privatizador, que significaría sustituir la endogamia por la ley de la selva.

La cuestión de la prensa no es menor. Por ahí llegamos a otro aspecto del problema universitario español, que no produce sólo atraso científico y tecnológico. Hay una vertiente menos fácil de cuantificar y que no tiene que ver con los rankings, pero que sin duda es asimismo importante. Buena parte de la mediocridad y la ramplonería de la esfera pública española en el llamado "régimen del 78" se explica si recordamos que muchos novelistas, poetas, críticos literarios o de arte, intelectuales, pensadores e incluso políticos famosos de ayer y de hoy han sido favorecidos por ese sistema endogámico, que les ha permitido lleva una vida desproblematizada y ajena a las dificultades reales de la sociedad que supuestamente analizan o representan. Engolados y presuntuosos gracias a un sistema que les ha premiado por su conformismo, su claudicación y su endeblez teórica, han contribuido de manera lamentable al raquitismo del debate público en el país e, indirectamente, han engrandecido a figuras como García Calvo o Aranguren. Hay que recordar que la universidad no sólo educa a alumnos o genera investigación, sino que debe, sobre todo en el área humanística, producir discurso de altura crítica que también sea un beneficio social. No deberían olvidarse estos aspectos cuando los mass-media presentan con ostentación a los que predican y amonestan con su título de “profesor de universidad”. Y es que puede que acabemos siendo los últimos en la competición, pero quizá sea más grave que no tengamos a nadie que nos haga entender por qué y para qué estamos compitiendo.

domingo, 13 de noviembre de 2016

CONTRACULTURA Y DESENCANTO


(Éste es el prólogo que escribí para el libro, recién publicado por Libros en su tinta ediciones, de Víctor Mercado, Contracultura y desencanto. El hippie, el yuppie y el serial killer para una construcción de la identidad cultural posmoderna. Más información sobre el libro aquí: https://www.facebook.com/Libros-En-su-tinta-Ediciones-224380637757387/ .)


¿Qué ha quedado de la contracultura? ¿Cómo entender la contracultura hoy: desde la arqueología, desde el rescate, desde la nostalgia, desde la resistencia? ¿Cabe recurrir a ella en tiempos de sarro cultural y logorrea tecnológica? ¿Hay que restaurar el bastión, aunque sea para orientarnos en el mapa?
Nunca hemos tenido tanto acceso a la cultura y tantas posibilidades textuales, y, sin embargo, quizá nunca como ahora hay que insistir en la metáfora de los árboles y el bosque. Es verdad que muchos experimentos del siglo XX parecen ya lejanísimos. No nos engañemos: nadie habla hoy de Herbert Marcuse, y menos aún de Guy Debord. Cualitativamente, quiero decir: seguro que mucha gente, a todas horas, en la galaxia de discursos de hoy, habla de ellos, pero como se habla de cualquiera con nombre y apellidos en la sociedad del narcisismo y la cornucopia textual; nada que ver con una posición de vanguardia. Su jerarquía se ha debilitado y una epidemia de obsolescencia los ha hundido, sometiéndolos, como a tantos otros, al sello industrial de la caducidad y postergándolos para garantizar que no se siga su ejemplo. El antiautoritarismo sesentayochista, por su parte, parece haber encontrado un hueco cómodo y dócil en la pedagogía y en general en la batalla educativa. Los asesinos en serie generados por la nueva sociedad posmoderna han tenido más suerte: la huella de Charles Manson fecunda en cientos de asesinos literarios y audiovisuales que son el fermento de un estupendo negocio en la sociedad del ocio.
¿Es el momento de volver a esos filósofos, de revitalizarlos para que compensen en alguna medida tanta liquidez o tanta gelatina como la que inunda del mundo actual? Víctor Mercado, en Contracultura y desencanto, lo intenta y lo consigue. Pero en realidad se remonta mucho más, hasta Schiller, por lo menos, para encontrar lo que podríamos considerar, con una dosis aceptable de ingenuidad, un ideal: sensibilizar la razón, racionalizar la sensibilidad. Ese ideal es el punto de partida del itinerario intelectual –pero también político, no lo olvidemos- que lleva a cabo en este libro. Un itinerario que nos conduce finalmente a las encrucijadas del presente, con sus síntomas inquietantes: la crisis tal vez definitiva del humanismo tradicional, las nuevas formas de barbarización masiva, los ultrasofisticados mecanismos actuales del poder.
 Su trabajo, en la buena tradición del ensayo como género, tantea y es consciente de la provisionalidad de las ideas, pero logra un camino bien trazado sobre un tema, la contracultura, poco desarrollado en España (quizás haya sido por falta de rival). El autor despliega un repertorio amplio de referencias y las conecta para introducirnos en una problematicidad radical y a la vez oportuna: ¿hacia dónde puede o debe ir la cultura occidental, después de tantas oscilaciones? Y para que el resultado no abuse del utillaje conceptual y la parafernalia verbal, nos documenta el proceso con interesantes ejemplos literarios y artísticos: del Accionismo Vienés a Houellebecq, pasando por dos calas literarias significativas que ya es tiempo de releer de otra manera: American Psycho, de Bret Easton Ellis, e Historias del Kronen, de José Ángel Mañas. Dos obras que a finales del siglo XX agitaron sus respectivos mercados literarios con intentos de estetización de la nueva violencia del mundo posmoderno, con su imaginario de snuff movies y culto yuppie al dinero. Puede que en ambos casos el valor estético fuera magnificado y distorsionado por la eficacia mercantil, pero no cabe duda de que, de algún modo, los dos textos respondieron alguna pregunta que había en el horizonte de los lectores. Y creo que tanto la pregunta como la respuesta están bien expuestas en estas páginas que siguen.
Aquellos años finales del siglo XX iniciaron, según Francis Fukuyama, el Fin de la Historia, y puede que tuviera razón, al menos como cambio de paradigma. Pero, por ejemplo, las snuff movies –signo-pesadilla de una época- no han sido el final del horror, sino sólo una etapa más, ahora continuada, entre otros indicios, por la aparición de una nueva escala de terrorismo. Mientras tanto, la tecnocracia neoliberal sigue extendiéndose y colonizando todos los aspectos de la vida: su control progresivo de la cultura ha sido eficiente y astuto, gracias entre otras cosas al desprestigio del marxismo como herramienta de análisis, que nos ha dejado inermes en buena medida ante las estrategias codiciosas de tanto sedicente intelectual de hoy (sobre todo en países como España). Para colmo, el humanismo tradicional ha caído en la trampa de su propia costumbre autocrítica, y, acomplejado, malvive en el wikimundo, aplastado entre una miríada de formas de erudición pintoresca. Los melancólicos defensores del Templo de la Cultura ven con asombro que su elitismo ya no es un signo de distinción, y todo un conjunto de advenedizos entusiastas creen que las nuevas tecnologías les permitirán acceder al poder y humillar a esa aristocracia volviéndola mesocracia. La universidad, el arte, la filosofía, la propia idea de crítica, están siendo acosadas y arrinconadas por la cultura del ocio, y la democracia acabará convirtiéndose a este paso en demoscopia. Y eso no es todo: el hostigamiento hacia los bienes públicos y compartidos impone cada vez más el marco cognitivo del individualismo y el culto a la privatización y la competitividad.
En cambio, los liberales sonríen y disfrutan: la mercadotecnia es para ellos la solución posnihilista a todos los problemas. Un producto cultural es bueno si se convierte en masivo; ergo, si es masivo será automáticamente bueno. Así nos va; tenemos millones de opinantes, expertos y artistas en potencia o en acto. El ciudadano de la democracia se cree culto y opina de todo, y la oferta cultural se expande sin aparente límite. Podría ser la realización de una utopía, y sin embargo sabemos que no lo es.

El humanismo fracasó, hay que admitirlo, y los sueños contraculturales de la razón también han producido monstruos. Pero ese diagnóstico, en sí mismo, contiene alguna semilla. La legitimidad de la crítica se mantiene indemne, sobre todo frente a los múltiples signos de simpleza y papanatismo que nos rodean a todas horas. Leer, discutir, respetar la complejidad del pensamiento y de cualquier solución: esa es la receta. Víctor Mercado cumple con el protocolo. La cultura sigue, y la lucha sigue.